Capítulo III: Educación superior

Fue para el verano de 1995, mi graduación de noveno grado y la graducación de sexto de Franceska, que mi hermanita y yo viajamos solitos a casa de mis abuelos en la Florida por varias semanas. A diferencia de mis hijos, mis hermanos y yo no tuvimos la dicha de crecer con nuestros abuelos cerca. Desde que tengo memoria solo veía a mi abuelo una vez al año, aunque siempre estaba pendiente de nosotros. Pero fue en ese verano que pudimos compartir con abuelo José y abuela Santa más tiempo y disfrutar de sus cariños, mimos y rica comida. Fuimos a piscinas y parques y la pasamos de maravilla. Al regresar a Puerto Rico me preparaba para décimo grado; nuevos retos, nueva escuela y algunas cosas que cambiaron mi vida y me ayudaron a moldear la persona que soy hoy día.

Escuela Luis Muñoz Iglesias: donde pasé mi décimo grado y, como interesante dato, donde mis padres cursaron su escuela superior solo algunos – en realidad quiero decir MUCHOS – años antes. Ese año cerraron la pollera, donde cursé mi noveno grado, y compartimos el plantel escolar con los estudiantes de noveno. Básicamente éramos el mismo grupo de compañeros de clase, así que se nos hizo muy fácil acoplarnos en la nueva escuela. Recuerdo que para ese año, el Departamento de Educación dio la orden de que antes de comenzar las clases el maestro o maestra debía tomar algunos minutos para discutir con los estudiantes algún tema que no fuera de la materia estudiada. Nuestra primera clase era matemáticas, y la maestra prefería discutir la materia. Así que la maestra de Estudios Sociales, nuestra segunda clase del día, tomaba unos minutos de su clase para discutir otros temas, según la norma del Departamentp de Educación.

Nosotros, que a pesar de ser aplicados, éramos de igual fomra inteligentes y cuando ella discutía un tema que se prestaba para debatir, aunque estuviésemos de acuerdo con el punto planteado, hacíamos lo posible por debatir. Por ejemplo, una hermosa mañana de otoño – en realidad no recuerdo cuándo – la maestra decidió hablar sobre la pena de muerte. Muy pocos estaban de acuerdo con la pena capital, pero un grupo de estudiantes, Juan Carlos, Julio, Felipe, José Manuel y yo, decidimos al momento apoyar tan terrible castigo. Fue una hora espectacular; hubo discusiones, puntos encontrados, risas, molestias, y lo que no hubo fue clase de Estudios Sociales. Uno de los tantos ejemplos que surgían en la clase.

La clase de ciencia, era espectacular. Muy sencilla, diría yo, y muy divertida, particularmente por nuestro maestro: el señor Castrodad. Debido a su poca estatura y su porte particular le llamaban Chespirito – aunque siempre supimos que era un maestro capaz y conocedor de las ciencias, su forma de ser y hablar era muy graciosa. La clase de Inglés estuvo a cargo de la señora González, quien el año anterior fue asistente de nuestra maestra de la misma materia. Era ella quien mejor nos conocía y, como decimos en la Isla, sabía de qué pata cojeábamos.

Una de las maestras con quien más aprendí fue con la señora Nayda Rodríguez. La maestra de español era diferente a las demás maestras que había tenido en todos los años de escuela. Una señora que, aunque entrada en edad, tenía un estilo de moda particular: pelo negro largo, – el cual no siempre lucía peinado, pero iba con su forma de ser – a veces usaba trajes con un look tropical y otras simplemente usaba mahones, camisas con manguillas u otros estilos fuera de lo normal y siempre con sus aretes o pantallas grandes y sus pulseras ruidosas. Recuerdo que cuando le tocó presentarse antes los estudiantes, nos dejó claro que no le importaba si a alguno de nosotros le molestaba el ruido de sus pulseras. También nos dijo en su voz muy fuerte, pero sin gritar, que para ella “sí existe eso de tener preferencia de unos estudiantes sobre otros. Si eres buen estudiante serás uno de mis favoritos, y si no eres buen estudiante, pues no”. Aprendí muchísimo del idioma que tanto amo y respeto, y del hecho de que una maestra no es más ni menos capaz y competente por la forma que habla o se comporta. Ella era un alma libre y diferente y todos lo sabían. Un día pasaba por su salón y había un niño afuera llamando a otro para que se fuera de la escuela con él – como le decimos en casa, irse a cortar clase. Nayda salió del salón como un guabá, agarró al niño que estaba afuera por la camisa y lo pegó a la pared mientras le decía: “si quieres cortar clase, arranca pal carajo, y corta clase. Pero a mi salón no vienes a sacar a nadie para que se cuelgue igual que tú”. El joven la miraba asustado, y cuando ella lo soltó, se arregló la camisa y bajó las escalera muy tranquilamente. Hoy eso hubiese sido una demanda para la escuela, la maestra y hasta la madre que la parió, pero Nayda decía saber lo que hacía.

En 10mo grado fue que tuve mi primera novia oficial, Jenisse. Una chica hermosa y tranquila, y compañera de clases. Recuerdo que cuando le dije a mis amigos que ella era mi novia, lo primero que se le ocurrió a uno de ellos decir fue: “coño Lugo, ella está muy buena para ti”. Nuestro noviazgo tuvo sus altos y bajos, y se extendió hasta nuestro segundo año de universidad – eso es todo lo que escribiré al respecto por respeto a ella y su familia.

Screenshot_20180402-212855En grado 11, llegamos a la escuela superior Ana Jacoba Candelas y conocimos nuevos compañeros. Llegaron a mi vida nuevas personas con diferentes formas de pensar, pero que encajaron perfectamente con nosotros: Will, Natalie, Linnette, Lourdes, Yoly, Melissa, Charlie, y muchos otros. El círculo de amistades se expandió considerablemente.

Y así como llegaron compañeros y compañeras nuevas a mi vida, llegaron nuevos maestros, de los cuales no todos fueron ni serán nunca de mi agrado. El señor Berríos, el señor Santana y el señor Vega, mejor conocidos como el triunvirato del terror. Tres maestros muy estrictos pero muy conocedores en los campos de Química, Historia y Español, respectivamente. Eso no significa que hayan sido buenos maestros, al menos para mí. Personalmente – y aclaro que es mi forma de ver las cosas que ocurrieron – ninguno de los tres era buena persona. Tengo compañeros de clase que se sienten agradecidos por lo mucho que aprendieron de ellos, pero quien compartió conmigo esos años sabe que nunca los consideré buenas personas. Quizás al día de hoy que escribo estas letras, hayan cambiado sus vidas para bien, pero por muchos años hicieron la vida difícil para muchas personas. Siempre entendí que con al edad que teníamos en ese momento, 16 y 17 años, no podían ser muy tranquilos con nosotros para no perder el control del grupo, pero hubo cosas que no eran necesarias. Se escudaban mucho bajo el manto de que “los tenemos que tratar así porque en la universidad los van a tratar peor y queremos que estén listos” lo cual entiendo que no era la forma correcta de prepararnos. Podría escribir un capítulo completo de los tres chifaldos, pero no quiero darle la importancia que no se merecen.

20180406_144131En una nota más positiva, fue en grado 11 que una grupo de estudiantes y yo fuimos parte de un intercambio estudiantil al estado de Connecticut, específicamente a Pomperaugh High School. Unos meses antes, un grupo de estudiantes de la escuela habían viajado a Puerto Rico, así que del 1ro de 10 de octubre de 1996, para ser más exactos, nos tocó viajar a nosotros como parte del programa de intercambio auspiciado por la escuela y la maestra de Teatro, la señora Rita Flores. La idea fue compartir con estudiantes de la escuela su experiencia estudiantil, además de conocer el estado y ser turistas por una semana. En mi caso, el señor y la señora Foss me recibieron en su casa. Sus hijos, Steve y Jeff, eran estudiantes de Pomperaugh y fui parte de su día y pude conocer la rutina de la familia y la escuela. Además de compartir con los sobre 15 estudiantes que viajamos juntos, poder ver una nueva familia, escuela y modo de vida fue una experiencia enriquecedora.  20180406_144517

Un año más tarde, un nuevo grupo de estudiantes de Connecticut llegó a Puerto Rico y esta vez Steve y Jeff fueron recibidos en mi casa, donde compartieron con nosotros por varios días. Fuimos a San Juan, Ponce y disfrutamos de un día sol en la hermosas playas de Culebra. Esa noche fue un poco complicada en mi casa porque Jeff no entendió por completo el hecho de que en Puerto Rico el sol no solo alumbra para dejarnos saber que es de día, sino que también puede quemar tu piel. Todos los estudiantes eran muy blancos y a pesar de querer broncearse en nuestras playas, se pusieron de rojos, muy rojos al punto que les daba trabajo ponerse las camisas. Así que para mi madre fue preocupante que hubiese tomado tanto sol y se aseguró de ayudarlo con cremas frías a aliviar su dolor.

Y llegó cuarto año, grado 12, mi año de graduando de la clase Salyend 1998 de la escuela superior Ana J. Candelas – sí, ese fue el nombre de mi clase. Bajo el lema de “Amados por siempre, unidos hasta el fin” – siempre me pareció demasiado cursi – hicimos de nuestro último año de escuela uno maravilloso. Hubo fiestas en salones grandes con orquestas famosas en el momento, como Kaos y Giselle, y también otras menos pomposas en casas de alguno de los estudiantes. La famosa Fuga fue espectacular. Siempre me aseguré que mis padres supieran para dónde íbamos e igual de importante, con quién estábamos.

Screenshot_20180402-213150Si mal no recuerdo, la fuga fue un jueves en la mañana. Todos nos presentamos a la escuela y la idea era sonar la chicharra a las 9:00 de la mañana, y todos a correr. Pero se nos estaba complicando la cosa; a las 8:45 caminé por los pasillos de la escuela para ver si todo estaba más o menos en orden, cuando me percato que el portón principal que estaba al lado de la oficina del director estaba cerrado. Así que decidimos que, si al sonar la chicharra a las 9:00 el portón estaba cerrado, saldríamos por la parte de atrás del edificio y salir de la escuela por el portón principal. Y así fue. A las 9:00 sonó el timbre indicando el cambio de clase, salimos de los salones y nadie salió de la escuela hasta que uno de nuestros compañeros apretó aquel pote y se escuchó la chicharra en toda la escuela; y a correr se ha dicho. Al encontrarnos en Caguas, nos enteramos que el portón lo habían abierto y que uno de los estudiantes le dijo a la Orientadora que el punto de encuentro era en el restaurante Los Dos Mangoes, en Cidra, lo cual fue para que ellos fueran a esperarnos allí mientras nosotros condujimos al lado contrario. Un plan exitoso, diría yo.

Pero como para cada acción hay una reacción igual u opuesta, el lunes cuando regresamos a la escuela, el director se presentó a nuestro salón con una lista con los nombres y apellidos de cada uno de los estudiantes que fuimos a la fuga. La lista, según nos enteramos más tarde, había sido escrita por dos estudiantes que serían suspendidas una semana por haber participado del julepe. Ellas hicieron la lista, pero de todas formas fueron suspendidas, así que les tomaron el pelo. De más está decir que nos suspendieron por una semana, pero en realidad no perdimos mucho material en cuanto a las asignaturas, ya que casi todo cuarto año tuvo la semana libre. Así que lo tomamos como un premio por escaparnos.

Screenshot_20180402-214022Y pasaron los meses, las actividades, las fiestas, los deportes y cumpleaños. Y se sumaron las experiencias, las clases y los buenos momentos hasta mayo de 1998 cuando celebramos, en el estacionamiento del parque de béisbol del pueblo de Cidra, nuestra graduación. Caminamos de la escuela hasta la Parroquia Nuestra Señora del Carmen en la plaza del pueblo a recibir la bendición del sacerdote, luego comimos pizza y nos tomamos fotos y llegamos a nuestro destino final. Una actividad hermosa y llena de llanto y alegrías. Y estábamos listos para irnos de la escuela. Birretes en el aire, abrazos y más fotos – con cámaras de rollo porque no habían celulares con cámara en ese tiempo.

Screenshot_20180402-213627Días más tarde celebramos nuestro Class Day y en junio botamos la casa por la ventana con nuestro Senior Prom, o Class Night. Todos bellos, bien vestidos y perfumados, bailamos al ritmo de Grupo Manía y los Hermanos Rosario. ¡Una noche para la historia! Y así terminó uno de los periodos de mayor crecimiento en mi vida. No solo porque crecí varias pulgadas más, sino por todo lo que me trajo la vida en ese tiempo. No todo fue alegría en mi cuarto año de escuela superior; mi hermano se fue a la Universidad a dos horas de distancia, lo cual fue un poco difícil para mí porque siempre lo tenía al lado mío molestándolo y eso, me operaron del apéndice y para colmo de males, mis padres comenzaron un proceso de divorcio. Este último fue difícil para mí ya que veía a mi madre llorar más de lo normal (porque ella normalmente llora por todo) y a mi papá hacerse el hombre y quejarse por lo que fue o lo que no pudo ser.

Me encantaría escribir más de todo lo vivido durante esos años, pero tendría que escribir otro libro solo de esto, así que podemos hablarlo en privado ustedes y yo. Hubo maestros que me ayudaron a mejorar quien era y dar lo mejor de mí, hubo compañeros que llegaron a mi vida para quedarse por siempre (Mónica, Will, Yolanda) y hubo situaciones que me hicieron ver que la vida no es simplemente levantarme todas las mañanas e ir a la escuela. Aprendí, reí, lloré y todo eso, lo bueno y lo menos bueno, se resume en crecimiento. En junio de 1998 terminó una etapa, mientras me preparaba para una de las experiencias más importantes y enriquecedoras de mi vida: la universidad.

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Capítulo II: “Cual bandadas de palomas…”

“Cual bandadas de palomas que regresan al vergel, ya volvemos a la escuela anhelantes de saber.” Verso del poema Regreso a la escuela por Virgilio Dávila.

1cef7bfa344001f84f18d79dbb12f90dLuis Muñoz Rivera, Jesús T. Piñero, Luis Muñoz Iglesias y Ana J. Candelas no fueron solamente personas importantes para la historia de mi Isla, sino que son los nombres de las escuelas a las cuales asistí durante mis 13 años de estudiante en mi pueblo de Cidra. En esas escuelas públicas crecí y aprendí con menos de la mitad de las comodidades que disfrutaban y siguen disfrutando muchos colegios privados. Allí sobreviví lo que hoy se conoce como “bullying” y en momentos fui uno de esos buleros también. Miles de historias me acompañan hoy día y otras que recuerdo cuando me uno con mis amigos a hablar de los “mejores tiempos”.

Comencé Kindergarten en el salón de la señora Vázquez en la Escuela Luis Muñoz Rivera. Allí conocí a José Merced, Amanda, Gabriel y otro fracatán de niños. Algunos de ellos se conocían desde Pre Kinder, pero para mí era la primera vez que estaba en la escuela. Ahora que tengo hijos, puedo imaginar la cara de alegría y las lágrimas de mi mamá cuando me puse el uniforme – pantalón corto azul y camiseta roja – para salir caminando hasta mi escuela. Mi escuela elemental estaba justo al lado de la intermedia y podíamos entrar a la primera por el portón de la segunda. Mi casa era justo al lado de la intermedia y había un portón a varios pasos de mi casa. Pero, si mal no recuerdo, no entrábamos por allí porque no siempre estaba abierto (este relato podría cambiar dependiendo de lo que me aclara mi madre). Pero la escuela era muy cerca y recuerdo que mi madre me llevaba.

12036850_989666204429342_6066163193578376091_nLas clases de Kinder eran en la mañana y en la tarde. Todos empezaban por la mañana y si la maestra entendía que unos tenían unas destrezas un poco más adelantadas, los movía entonces a la clase de la tarde. A pesar de todo el trabajo que me dio en aprender a recortar – que aún no sé hacerlo correctamente, en serio – me movieron a la clase de la tarde. Y allí fue que conocí a una niña hermosa, la Nela, como le decía Benito Pérez Galdós a la protagonista de su libro. A esa edad, cinco años, uno no sabe nada de amor, pero sí cuando una niña le parece linda, lo cual era mi caso. Además de la Nela, recuerdo que jugábamos mucho con bloques y dormíamos, lo cual se hace en Kinder el día de hoy.

Primer grado, señor Arriaga. Lo recuerdo con su bigote y su pelo canoso. Un hombre alto y de una voz diferente; no era grave ni suave y el timbre era un poco agudo. Básicamente el primer grado fue con los mismos compañeros de Kinder, así que el proceso fue más llevadero. Recuerdo que frente a los salones de primer grado había un árbol grandote y alrededor de su tronco había una rueda, llanta o goma de carro donde siempre jugábamos. Nunca he podido olvidar el día que hice algo malo – aunque no recuerdo exactamente cuál fue la falta – que el míster Arriaga me haló la patilla (ese pelo que está ahí al lado de la oreja). Ufff… fuerte ese dolor. La maestra de inglés, para mi dicha, era la señora Luna. Una señora no tan mayor como el maestro, pero bajita como mami. ¿Por qué escribo “para mi dicha”? La señora Luna era la madre del angelito bello que conocí en Kinder. Y sí, la Nela estuvo conmigo también en primer grado. Así que todo era felicidad.

Mi padre no siempre podía ir a buscarnos a la escuela, pero los días que lo hacía era para mí unamaravilla. El horario de clases era de ocho de la mañana a tres de la tarde, y cerca de la hora de salida, ya comenzábamos a ver a nuestros padres en los alrededores del salón. Aún tengo la imagen de uno de los días que papi me fue a buscar. Yo en el salón y verlo afuera me dio una emoción enorme. Y sé que al momento que vio mi cara, mi viejo sintió una gran alegría porque es la misma cara que pongo yo cuando mis hijos se emocionan al recogerlos en la escuela.

La señora Jiménez fue mi maestra de segundo grado; una señora grande, fuerte y muy estricta. Nos gritaba muchísimo. Uno de los estudiantes, Joel, era bastante desobediente y a veces un poco malcriado. Eso, combinado con la poca paciencia de la maestra, era una combinación terrible. Jiménez, tenía una yarda – un pedazo de madera de 36 pulgadas – y con ella le daba a Joel, mucho. Creo que aún estoy traumado por eso. Fue la primera vez que recuerdo haber visto a una maestra golpear un estudiante, pero eran otros tiempos. Fue en este grado que me disfracé de Drácula – un disfraz bien hecho y cara pintada y colmillos de mentira – y asusté mucho a mi prima Nérika. Eso aún sigue siendo una historia divertida. Fue en tercer grado que comencé a ver y, más aun, a entender los problemas que enfrentaba el Departamento de Instrucción Pública – nombre que tenía en ese momento – en el sistema de escuelas del país. Mientras vamos creciendo, notamos o prestamos atención a algunas cosas que no pensábamos que existían. Mi maestra, la señora Hernández, además de ser la maestra de las materias regulares, tenía que también ser la maestra de inglés. Aunque su disposición era genuina y se preocupaba por sus estudiantes, no sabía tanto inglés como para enseñarnos. Así que ese año escolar no fue muy bueno en lo que se refiere a nuestra clase de inglés.

Los grados cuarto, quinto y sexto fueron repletos de nuevas experiencias; en estos grados comenzamos a cambiar de salón. Seis maestros diferentes, cada uno con su materia. Los tres grados los maestros fueron básicamente los mismos, así que nos vieron crecer y, como estudiantes, sentimos, según mi punto de vista, un lazo más especial con ellos.

Quienes me conocen, saben que puedo ser, por falta de una mejor palabra, un poco fastidioso, pero eso pasó más tarde de escuela elemental. Aunque siempre estaba bromeando y tratando de hacer reír a mis compañeros, si un maestro me regañaba para mí era una vergüenza. La señora García, mi maestra de español, estaba un día hablando sobre las palabras agudas, llanas y esdrújulas. Ya ella nos había hablado al respecto en clases anteriores y dominé el tema rápido por varias razones: me gustaba esa parte de la clase y mami era tan estricta en esto de escribir correctamente que me sentó varios días a explicarme cómo se acentúan las palabras y la sílaba tónica y la fuerza de pronunciación y… bueno, ustedes entienden. Regresando al salón de clases, misis García nos explicaba una de las formas más fáciles para entenderlo y yo, sentado en una silla en la parte de atrás, hice un gesto con la cara dejando saber que dominaba el tema. “Lugo, si es tan fácil para ti, pues coge las cosas y te vas” me dijo la maestra. Miré a mi compañero Elvis, cerré la libreta y cuando estaba a punto de guardarla, vuelve a gritar: “Y, ¿para dónde vas?” Le dije que estaba siguiendo las instrucciones y se molestó. Llamó a mami a que fuera a la escuela y obvio que me regañaron en casa también. “Pero si yo me lo sabía”, le dije a mami. En fin, todo terminó ahí, pero de verdad que me asusté ese día por el regaño de la maestra y por botarme del salón, y por molestarse cuando me iba del salón…

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Gabriel, Ángel David y yo en nuestra graduación de sexto grado

Y llegué a la escuela Jesús T. Piñero a séptimo grado. Fue ahí donde a muchos de mis compañeros de los grados anteriores los pusieron en otro salón. Dado que solo había una escuela intermedia en el pueblo, los jóvenes que venían de las escuelas del campo llegaron a la intermedia conmigo. Ahí conocí a varias personas que al día de hoy considero familia.

No recuerdo que hayan sido años difíciles, pero si les preguntan a mis padres, ellos podrían decir lo contrario. En mi salón estaban quienes mejores notas sacaban en la escuela, pero quienes más hablaban y molestaban a los maestros. Los grados séptimo y octavo los cursé en la misma escuela, pero, por falta de espacio, cuando pasé a noveno grado nos cambiaron de escuela. En realidad no recuerdo el nombre de la escuela – creo que no tenía, ahora que lo pienso – pero todo el mundo en el pueblo le decía “la pollera”.

20140921-escuela-elemental-regino-vega-cidraEn la pollera solo estaban los estudiantes de noveno grado, así que todos nos hicimos más cercanos y aprendimos a disfrutar todos juntos. Pero, en cuanto a mis compañeros de clase, la escuela cometió un error. En octavo grado habían dos grupos de estudiantes que sacábamos buenas notas, pero en cuanto a conducta no éramos los mejores. La escuela decidió que para noveno grado dividirían ambos grupos y los harían mejor. El error fue que pusieron en el mismo salón a los que tenían mejor conducta y en mi salón a los que su conducta no era tan buena. Nosotros los estudiantes disfrutamos mucho ese año, pero los maestros, no tanto. A una semana de clases ya el maestro de matemáticas nos había amenazado de colgarnos si seguíamos con esa conducta y la maestra de inglés estaba a punto de un ataque de nervios. Así que decidieron reunir a nuestros padres para contarles lo bien que nos estábamos portando y las posibles consecuencias. Después de esa reunión la situación mejoró un poco y puedo decir que al día de hoy cuando veo a esas maestras en la calle, las beso y las abrazo con mucha alegría ya que aprendimos y crecimos mucho ese año.

La escuela elemental para mí fue maravillosa. No solo recuerdo a la Nela, sino lo mucho que jugábamos y corríamos por el plantel escolar. Recuerdo el conito de papas con ketchup de casa de Ismael, los limbers de cherry de la tienda que tenía mi tío Ñañe, atendido por mi primas Yolanda, Sigma y Eli, los juegos de gallito, trompo y canicas y a doña Luz regañándonos por estar tirando basura en la escuela.

En la escuela intermedia se crece de otra manera; comenzamos con la adolescencia y todo lo que significa para nosotros. Comenzamos a creer que lo sabemos todo y que somos lo más importante del mundo. Nuevos amigos, nuevas experiencias de vida y esos maestros que vieron en nosotros una chispa de talento e hicieron más de lo necesario para que pudiéramos mantenernos en un buen camino y con buenas actitudes. Sé que la experiencia no fue igual para todos, pero sí lo fue para mí. A estas edades ya las chicas no son esos seres con los cuales no podemos compartir, sino esos seres hermosos que no podemos dejar de mirar. Y se habla de sexo y todas las construcciones erróneas del tema, los mitos y realidades.

Nuestra graduación de noveno grado fue excelente; logros alcanzados y etapas finalizadas. Y así, luego de un verano maravilloso, comencé una nueva etapa en la vida.

 

Capítulo V: “Hijo fuiste, padre serás”.

IMG_8492Como niños, siempre les decimos a nuestros padres que queremos ser adultos. Ya sea porque queremos hacer lo que no dé la gana o que estamos cansados de que no nos dejen hacer nada porque somos niños. Ni hablar pueden los niños, porque “los niños hablan cuando las gallinas mean”. Vamos poco a poco creciendo, viendo cómo es el mundo a nuestro alrededor y cómo son las personas y situaciones que se presentan en ese mundo.

Ese crecimiento no solo se compone de aumentar en tamaño; no es solo tocar el marco de la puerta de un brinco o de mirar por la ventana sin tener que pararnos en el mueble, tal como lo hacíamos mis hermanos y yo. Al crecimiento se le añade el dolor, la pena, la alegría, la sorpresa y que nos dejen de gustar los programas de niños – menos el Chavo del 8 – y comiencen a gustarnos las nenas. También el momento en que notas que tienes vellos debajo del brazo, debajo de la nariz y debajo del calzoncillo, o como diría mi hermana, pelos en los güevos (ya imagino a mami leer esto y decir: ¡ave maría, Franco! Además de la súper carcajada de mi hermana).

En cuanto al crecimiento por dolor y sufrimiento, todos hemos tenido de esa categoría. Desde darse cuenta que los padres pelean, cuando en realidad pensábamos que eso no pasaba, muertes de familiares o amigos y desilusiones amorosas. Esos dolores y ese sufrimiento, luego de un tiempo, son los que nos enseñan a sobrepasar los mismos problemas si se presentan más adelante. Son las herramientas que nos da la vida para seguir luchando y enfrentarnos al mundo que nos rodea. Para usar un ejemplo más familiar, es como cuando tu papá usa diferentes herramientas en su trabajo de electricista, pero nunca sabe dónde las deja. Para el próximo trabajo, al saber que siempre las deja perdidas, usa entonces un cinturón donde se acomodan fácilmente. La vida te da las herramientas y las usas cuando las necesites; siempre estarán en tu cinturón.

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Yes, Mr. President!

Aún recuerdo la primera vez que escuché a mis padres discutiendo. Aunque no recuerdo exactamente la razón que dio pie a esa discusión, recuerdo haberme sentido triste pensando que no se amaban. Mis padres siempre trataban de que las discusiones no fueran frente a los pequeños ya que ese tipo de estrés no es necesario para un niño; esa preocupación no ayuda al crecimiento saludable de un niño, al menos eso dicen los expertos. Las desilusiones amorosas siempre estaban. Aunque no lo crean, hubo un momento de mi vida en el que fui tímido. Y cuando se trataba de hablarle a una niña que me gustara, me daba mucho trabajo. En lo momentos que lo hacía y le dejaba saber que me gustaba, siempre me decían que me querían como amigo. PARÉNTESIS: No hay nada más doloroso para una persona que esa a quien amas, o quien te mueve el piso, te ponga en la zona de amigos o “friend zone”. Es lo peor que puede pasarle a un enamorado. Trauma compartido, continuamos con el relato.

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Mi primera novia oficial, mi amor de escuela, lo fue Jenisse, la chica tímida de Santa Clara. Estuvimos varios años de novios mientras estuvimos en la escuela superior y dos años de universidad. Tengo mil y una historias que podría contarles sobre ese tiempo, pero no es parte de este capítulo. En otro momento saciaré su sed de saber sobre ese tema. Luego, en los primeros años del nuevo milenio, conocía Jessica, la compañera de apartamento Mónica. Tenía un carácter de armas tomar, pero un corazón enorme. Entre una cosa y otra, y para resumir tantos años de historia, después de graduados de universidad y con nuestros respectivos trabajos, decidimos irnos a vivir juntos. A principios del 2005, y por insistencia mía, se hizo la prueba de embarazo que venden en la farmacia. “Lugo, no quiero mirar. Dime tú, qué salió”, me dijo después de hacerse la prueba casera. Esa línea se marcó al instante dejándonos saber que estaba embarazada, pero siendo el tipo de persona que soy, quise esperar unos segundos más a ver si cambiaba el panorama. El único cambio que hubo fue el color de la línea que hasta un daltónico se hubiese dado cuenta de ella. Jessica estaba embarazada. ¡Yo me convertiría en padre! La primera reacción no fue de tanta alegría. Jessica lloró y llamó a su mamá para contarle. Hubo un poco de miedo sobre la reacción de los Velez Calderón, pero todo fue alegría.

Fue mi turno de llamar a los Lugo Rivera. Algo me dijo que dialogara con papi antes de llamar a mami. Varios años antes, mi hermano se convirtió en padre y eso en casa fue grande. El primer hijo de mi hermano, luego si primera hija, los primeros nietos de mis padres, mis sobrinos, Francisco Andrés y Andrea Valeria. Fue un poco fuerte el proceso ya que mi hermano aún estudiaba en la Universidad y los padres siempre quieren que sus hijos hagan las cosas mejor de lo que lo hicieron ellos. Tenía el miedo de decirle a mami porque, aunque ya tenía mi trabajo, no me había casado. Llamé a papi y me di cuenta que nos parecemos más de lo que pensaba; al decirle que Jessica estaba embarazada, comenzó a reírse y me dijo: “deja que tu mamá se entere. Llámala.” Así lo hice. La llamé y su reacción fue maravillosa; llena de alegría, lágrimas – como siempre – y más alegría. Las familias se enteraron, todos celebramos y comenzó el proceso de expectativa, miedo, alegría y preocupación que dura toda la vida.

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“Que chiquillo tan bonito, ese pelao”.

Después de un hermoso proceso de embarazo, antojos – de mi parte – desvelos y caminatas para que el bebé se acomodara como debía, el 23 de noviembre de 2005 nació un cachetón hermoso: Daniel Antonio Lugo Girau. Escoger el nombre fue un proceso divertido. Mi hijo debía tener un nombre único o que fuera combinación de nombres de alguien a quien respetáramos. Así las cosas, le pusimos el segundo nombre de nuestros hermanos varones: Daniel por mi cuñado y amigo Tomás, y Antonio por mi hermano y modelo a seguir, Junito (Juan es su nombre de pila). Desde ese entonces la canción “El nacimiento de Ramiro” de Rubén Blades suena en mi radio todos los años y siempre se me hace un nudo en la garganta cuando la canto (hasta Daniel se sabe la canción).

Ver a un niño crecer es un proceso hermoso, pero cuando ese niño que crece es tu hijo, el proceso toma mayor importancia. Inculcarle valores, religiones, acompañarlo en sus primeros pasos y caídas es una responsabilidad que no puede describirse en unas cuantas líneas. El proceso de aprender a hablar, cuando solamente sus padres entienden sus balbuceos, sus dolores por pequeños que sean le duelen a sus padres y sus risas contagian a todos. Estaba listo para ser padre y sabía que sería un buen padre, ya que mis padres lo fueron conmigo y se encargaron de que entendiera la responsabilidad que representa traer un niño al mundo.

fullMi relación con Jessica terminó dos años después, pero el amor que tenemos por nuestro cachetón le gana a cualquier cosa. Decidimos separarnos, un proceso fuerte para ambos, pero acordamos que yo llevaría a Daniel al cuido en ese momento y que estaría conmigo algunos días de la semana, además de todos los fines de semana. Así ha sido desde entonces. Recuerdo cuando lo llevé a la Pre kínder por primera vez y sentí lo que mi madre sintió la primera vez que nos llevó a nosotros: lágrimas bajar por mis cachetes. Daniel lloraba todas las mañanas que yo lo llevaba a la escuela y eso me mataba. Una mañana, una madre de una de las compañeras de clase de Daniel me dijo que no me preocupara ya que tan pronto el niño dejaba de verme, el llanto se detenía. Así que me di cuenta que desde pequeños tratamos de engañar a los padres para lograr lo que queremos.

imagejpeg_2_25En el 2007, conozco a esta chica que trabajaba conmigo en un periódico de negocios del país. Al principio, la chica no me caía nada bien; hasta su caminar me decía que era una antipática come mierda. Después de varias conversaciones, y de ella soportar mis chistes, salimos. En resumen: salimos, la lleve a comer mantecado, nos enamoramos, me obligó a llevarla a vivir conmigo, nos casamos y, claro está, quedó embarazada. Mi segundo hijo estaba en camino. Ya Daniel tenía cinco años y éramos una familia unida y comprometida con el bien de los niños. El embarazo, al igual que el embarazo de Jessica, fue un proceso increíble; diferente en cierto modo, pero de crecimiento para todos. Lo doloroso fue el parto. Pero, después de una tarde y noche de dolor del 30 de septiembre de 2011, llegó el otro cachetón, Fabián Antonio Lugo Hernández. Para mí, Fabián es el segundo hijo, pero es el primer hijo de Gina – el que ella trajo al mundo, porque siempre ha sido la segunda madre de Daniel. Hasta cierto punto, ya sabía que esperar y qué le pasaba a Fabián en ciertos momentos. Esas herramientas que me dio la vida con Daniel, pude usarlas en diferentes momentos para ayudar a calmar a Gina y a tomar mejores decisiones.

Cierto día estaba en la casa de mis padres en Cidra con Gina, y Fabián se cayó y se dio un golde en la cabeza. Lo levanté rápido y verifiqué que estuviera bien. Al haber visto tantas caídas de Daniel pude ver que Fabían tendría un chichón y que lloraría un rato; nada que un poco de mantequilla con sal en la frente no pudiera resolver. Pero para Gina fue un momento horrible. Se lo llevó al cuarto a calmarlo y luego de unos minutos, cuando voy a ver cómo está el niño de las pestañas largas, él se había calmado un poco y mamá lloraba desconsolada. Fue entonces que me di cuenta lo que me pasó tantas veces con Daniel; los golpes, caídas, llantos, enfermedades me destruían. Y aunque es igual con Fabián, ya tengo la experiencia para saber qué le puede estar pasando y cómo responder.

Fabián es un niño hermoso, tierno y muy cariñoso. Para mí es la misma cara de su madre pero tiene bastante de mi forma de ser. Estuvo unos días en el hospital luego de su nacimiento, pero todo continuó muy bien. Al igual que a Daniel, me encargué de que aprendiera a mirar serio, que sonriera y le dijera a todos que es de papi. Acostarlo a dormir siempre ha sido hermoso y que me despierte de un golpe en el pecho me deja saber que estoy vivo.

imagejpeg_2_51“Hijo fuiste, padre serás” debe estar seguido de “así como tus padres aprendieron, así aprenderás”. La única forma de que un hijo pueda entender a sus padres es convirtiéndose en padres. No tuve la dicha de criarme junto a ninguno de mis abuelos, pero mis hijos si la han tenido. Siempre le dejo saber a Daniel que no se deje engañar por mi madre, ya que esa abuela que le deja comerse todo lo que él quiera no es la misma mujer que me crio. Daniel me mira y se ríe, además de decirme que eso no es problema suyo. Fabián adora a sus abuelos y, al igual que su hermano y sus tres primos, trata de tocarle el bigote a su abuelo (a papi no le gusta que le toquen el bigote porque le da cosquillas). A papi, por su parte, le encanta molestar a los nietos, igual que lo hacía con sus hijos. Siempre, cuando son pequeños, suele ponerle una pelota en la espalda por la camisa y disfrutar sentadito del trabajo que le da al niño o niña quitarse la bola de la espalda. Eso nunca le funcionó con Fabián. No porque él no pudiera quitarse la bola de la espalda, sino porque simplemente no se molestaba. La dejaba ahí y seguía con sus juegos.

20170618_082844Al día de hoy que escribo estas líneas, Daniel tiene 11 años y Fabián, cinco, y son niños felices e inteligentes. No ha sido un proceso fácil esto de ser padre, pero sí muy satisfactorio. El amor no le ha faltado a ninguno, ni la comida, ni los regaños. Sus madres los aman y también sus abuelos y tíos y tías sanguíneos y políticos. Esos niños son el mejor regalo que me ha dado la vida y vivo orgulloso de lo que son. Me emociona verlos despertar en las mañanas y me alivia cuando se acuestan a dormir después de un largo día de juegos. La vida me regaló dos hijos de dos madres diferentes, y al mismo tiempo me dio dos mujeres que aman a mis hijos y se preocupan por los otros hijos de cada una. Yo no crecí con mis abuelos y mis hijos tienen abuelos y abuelas para escoger.

20170618_083408(0)Sé que aún me falta mucho por recorrer en este camino, y papi siempre me lo recalca: “No te preocupes, eso es para toda vida. Mírame a mí, tú tienes 37 años y todavía estás molestándome”. Las historias son muchas, las risas y carcajadas por los inventos de esos dos niños son aún más. Espero poder escribir un poco más al respecto en otra ocasión y de seguro les contaré a ellos durante los años que nos esperan por vivir.

 

No hay día que no agradezca lo afortunado que soy de tener los hijos que tengo y todo lo que ellos representan. Ser un buen padre no es fácil, pero vale la pena cada una de las noches de desvelo, de las lágrimas y las visitas al doctor. Esas sonrisas iluminan mi día y calman mis noches. Ya sea jugando lucha libre con Daniel o aguantando golpes de Fabián porque es Hulk, mis hijos son mi mayor tesoro.

2013-11-10 14.15.3020170302_18032220161027_065403IMG_795720161125_12253020170620_16222820161126_135242imagejpeg_2_4120170114_175015

Capítulo I: “Mi barrio era un continente”.

Según información que conseguí en la red, los números cinco, 25 y 1980 revelan que mi camino de vida es el número tres. Este representa visión, imaginación y alegría de vivir. Esa página me dice además que poseo un gran talento para la creatividad y la expresión. Pues ese fue el día de mi nacimiento: 25 de mayo de 1980. Ese mismo día, pero en otro año nació Jeff Bridges y también Frank Oz (quien hace la voz de Yoda en la primera entrega de la película Star Wars).

15541596_196526557476647_2317720124440701798_nJosé Francisco Lugo Rivera: el segundo de los tres hijos de Juan Antonio y Eileen Ivette. Mi hermano mayor se llama como papi, porque con alguien tenía que desquitarse, y mi hermanita, Jaleen Franceska, nació tres años después de mí. Nacimos en un hospital en Caguas pero nos criamos en el pueblo de Cidra. Unos años en el Cielito (en el centro del pueblo) y la mayoría de los otros en Treasure Valley, por allí cerca de Don José. También vivimos en el barrio Rabanal, pero apenas fue una semana, quizás menos (afortunadamente).

Mi niñez fue bastante buena, diría yo. Crecí con mis hermanos, fui a la escuela, hice maldades que en ocasiones pasaban desapercibidas porque siempre hacía reír a alguien (de adulto eso no funciona) y saqué de quicio a mi hermano muchas veces – ese es mi trabajo como hermano del medio. Recuerdo las navidades y algunos de los regalos, y disfrutaba de levantarme los sábados en la mañana a ver muñequitos como He-Man, los Thundercats y los Muppet Babies.

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¡Mira ese nene… qué bello!

Recuerdo cuando mami me llevaba a la escuela y también el día en que no me fue a buscar. Siempre uso esta historia cuando mami habla de algo de la niñez y siempre es para molestarla, lo cual hace como 30 años dejó de funcionar. Yo cursaba el Kinder y la escuela era literalmente al lado de mi casa. Pero caminando podrían ser cerca de 10 minutos, más o menos. Obviamente, me sabía el camino y todo el mundo en el barrio conocía a los hijos de Juan Lugo, así que no había forma de que me perdiera. Mami me llevó al salón en la mañana y le tocaba buscarme a medio día. Llegó la hora en que se supone que mami estuviera allí y cuando me di cuenta que no estaba, decidí caminar hasta casa. Diez minutos más tarde estaba yo en casa y al abrir la puerta y saludar a mi madre, ella casi se muere del susto. Según recuerdo, y ella dirá una versión que le convenga más a ella, mami estaba limpiando la casa y entre tarea y tarea del hogar, se le hizo tarde. Recuerdo que me abrazó y me besó y yo no entendía porque tanto escándalo. En fin, mi madre me dejó perdido ese día en la escuela.

Papi trabajaba en la Junta de Inscripción Permanente (JIP) en Cidra y después de varios años, dejó ese trabajo por una mejor oportunidad y mami tomó su lugar en la JIP. En ese tiempo no me pareció una buena idea porque cuando yo salía de la escuela llegaba a casa, recibía un beso y un abrazo del amor de mi vida y me dedicaba entonces a hacer asignaciones, pelear con mis hermanos y comer la rica comida de mami. Al sol de hoy el olor en esa cocina me vuelve loco. Al otro día me levantaba, desayunaba, molestaba a mis hermanos y mami nos llevaba a la escuela, besos y abrazos y eso era un buen día. Cuando uno va creciendo se va dando cuenta que era súper necesario que mami trabajara ya que debíamos mudarnos de la casa que compartíamos con mi tío Piro porque no cabíamos y el sueldo de papi no era suficiente para eso.

10417788_1113260885356060_7267783779022143336_nNos mudamos entonces a Treasure Valley; una casa de tres cuartos en una urbanización donde vivían algunos de mis compañeros de escuela y habían muchos niños de nuestra edad. Allí conocí lo que era esperar la guagua cada mañana para llegar a la escuela y cogerla cada tarde para regresar. Mami trabajaba frente a la escuela y siempre nos llevaba almuerzo y comíamos en la cocina de la oficina, lo que para mí era buenísimo ya que no como muchas cosas que la mayoría de la gente disfruta (dile changuería si quieres).

emgn-worst-job-commutes-pic-5La tarde era divertida desde mi punto de vista de niño. Cuando no nos quedábamos en la oficina con mami hasta que papi nos buscara, nos íbamos e la guagua hasta la urbanización, y eso era una odisea. La guagua llegaba y habíamos más de 20 personas tratando de montarnos y todos queríamos entrar a la misma vez – como los videos esos de los chinos tratando de montarse en el tren. Si mi hermano se montaba, me tenía que montar yo porque las instrucciones eran que ambos nos teníamos que montar en la guagua juntos. Al llegar a casa, siempre pasaba una de dos cosas: mami nos daba la llave y entrábamos con calma o le decíamos a Olga, nuestra vecina, que nos abriera la puerta con el cuchillo. Ella tardaba menos con el cuchillo que lo que tardábamos nosotros con la llave; así de buena era ella con nosotros y siempre nos echaba un ojito. Nos cambiábamos de ropa más rápido que ligero y “verificábamos” las tareas antes de irnos a la cancha que estaba en nuestra calle. Hacíamos las asignaciones, casi siempre, y a jugar a la calle con el resto de los muchachos.

Cuando mami llegaba de trabajar, a veces con papi o su compañera de trabajo le daba pon – porque mami no guía – le tocaba entonces hacer comida, verificar que las asignaciones estuvieran hechas, preparar todo para el próximo día escolar, asegurarse que comiéramos todos juntos en la mesa y acostarnos a dormir. Unos días eran más complicados que otros, pero básicamente esa era la rutina. Todo el mundo en la cancha se enteraba de nuestro segundo nombre cuando mami nos llamaba a comer. Como es normal, a los niños no le gusta parar de jugar o divertirse. A la hora de comer mami salía al balcón y nos llamaba. “Junito, Frankie, vengan”, una vez. La segunda, la misma historia. La tercera cambiaba de cuento de hadas a película de misterio: “José Francisco, ven AHORA”, me gritaba fuertemente. En ese momento dejábamos todo y salíamos corriendo sabiendo que nos esperaba al menos un regaño o cantaleta. Estoy seguro que la mayoría de ustedes, mis lectores, están familiarizados con esto.

Un hermoso día de primavera, el 22 de marzo de 1991 – o quizás 1992, no estoy seguro – nos reunimos todos los jóvenes de la urbanización. Era día feriado en Puerto Rico, ya que se celebra el Día de la Abolición de la Esclavitud. Éramos más de 10 muchachitos entre las edades de 11 a 15 – estaba mi hermano, José César, Carlos, Robertito, Kiko el Tribil, Sammy, Yadiel (creo) y otros jóvenes. Decidimos ir de un extremo de la urbanización a otro en bicicleta y lo divertido era que en el extremo donde comenzamos era una cuesta larga y no había que pedalear tanto para bajar. Mi hermano no quería que yo fuera, pero como él no es mi papá (como todos los niños se dicen siempre), me incluí en la aventura – como los Goonies. Llegamos todos juntos hasta abajo, sin problema ninguno; una travesía llena de velocidad como por tres o cuatro minutos.

Al llegar al extremo final de la urbanización, era momento de acabar la aventura. Pero no sabía que el destino tenía algo planeado para mí (parece introducción de una novela de Univisión). En el lugar que decidimos reunirnos para regresar, José César bajó en su bicicleta primero que yo y luego era mi turno. Al bajar, José César se atravesó y la goma delantera de mi bicicleta chocó con la suya, y salí volando hacia adelante y caí de cabeza en una alcantarilla. Todos asustados me ayudaron a levantar, y yo, tranquilo. Hasta que me toqué la cabeza y mi mano se llenó de sangre. El mundo se detuvo. El miedo invadió mi mente. ¿Me habré cortado hasta casi tocar el cerebro, o habrá sido solo un rasguño? ¿Me dejará mi madre seguir viviendo o me castigará hasta cumplir 100 años en un calabozo oscuro y con comida mala, como arroz con salchichas?

images (1)Un vecino que pasaba por el área me llevó a casa. Recuerdo claramente que grité como si me hubiesen arrancado un brazo cuando vi la sangre. De más está decir que mami por poco se muere cuando me vio llegar llorando y con sangre – en realidad era poca sangre, pero seguía siendo sangre. Me llevó al hospital, donde me atendieron rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, llenos de lágrimas porque yo era un llorón, estaba en casa. Al llegar a casa, mami decidió castigarnos a mi hermano y a mí por un mes, UN MES. ¿Por qué me va a castigar si lo que tuve fue un accidente? Una de las contestaciones más fáciles y que me dolió más que el golpe en la cabezota: Nos fuimos sin permiso a correr bicicleta por un área lejos de casa. Y, ¿por qué castigaron a Junito conmigo? Porque él es el mayor y no debió haberme dejado ir. Por eso, los dos castigados solo 30 días de una hermosa primavera, incluyendo sábados y domingos.

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Muchos años después, la amistad sigue…

Tuve la dicha de crecer donde crecí y con la gente con quien crecí. Los días de verano, mientras todos los chicos estábamos de vacaciones eran espectaculares. Siempre había algo qué hacer y nunca estabas solo. En mi caso tenía a mi hermano, aunque él no le gustara mucho la idea. No quiero que piensen que Junito era un mal hermano; era un niño normal que le molesta que para todos lados que iba, su hermano menor iba detrás de él. Esos días calurosos de verano jugábamos baloncesto en la cancha, donde siempre había una que otra discusión, jugábamos pelota (béisbol) bajo el sol candente de nuestro parque y cualquier cosa que se nos ocurriera. Y en las noches, no muy tarde, mis padres sacaban una soga larga y hacíamos competencia de brincar cuica; a veces los varones contra las hembras y mami y papi siempre brincaban. Creo que por eso es que me gusta brincar cuica; me remonta a mi niñez.

Una etapa muy buena para mí fue cuando, guiados por nuestra amiga Haydee, se hizo especie de Talent Show en el Centro Comunal de la urbanización. Para ese tiempo estaba de moda Francheska, Liza M, Garibaldi, Gloria Trevi con su pelo suelto y muchos otros artistas. Las chicas se botaron; tardes de ensayos y la música y la ropa y todo. Un tiempo después, decidimos entonces hacer uno dirigido a los padres en su día. ¡Ahí botamos la casa por la venta! Recuerdo que nos vestimos de chaqueta y todo, y cantamos la Última Copa, cantamos Linda, de Daniel Santos y yo imité a José Feliciano con la canción Siempre (magnífica imitación, debo decir). Hasta un numerito de Garibaldi nos tiramos – vestidos con pañuelos en la cabeza y todo. Un momento que todos disfrutamos y estoy seguro que si alguno de mis amigos de Treasure Valley lee esto, tiene historias que contarles a sus hijos y familiares.

La pérdida también fue parte de nuestras vidas de niños en el barrio. Recuerdo con mucho cariño a Robertito y su hermana Viviana. Vivi era una chica alegre y llena de energía que juagaba con mi hermana y todos la conocíamos. Algunos no sabían su nombre, pero sabían que era la hermana de Robertito, quien siempre estaba jugando y haciendo maldades con nosotros. Esos hermanos vivían con sus abuelos, don Roberto y doña Petra, quienes tenían la tiendita donde comprábamos leche, huevos y esas cosas. Si mal no recuerdo, cuando yo tenía como 13 o 14 años, Vivi enfermó y un tiempo después falleció. Hablamos mucho de eso entre nosotros y del dolor que podrían estar pasando doña Petra y don Roberto y, más aún, su hermano, nuestro amigo Robertito. La vida nos enseñó en ese momento que no hay tal cosa como que los que se mueren son los viejos. Porque aunque había perdido familiares, nunca había pasado por eso de perder una amiga.

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De la producción Mundo, la canción Como Nosotros.

Fuimos poco a poco creciendo y con las cosas de la vida fuimos cambiando. Como dice Rubén Blades en su canción Como Nosotros: “Nuestra inocencia retrocede al comprender que, en la vida real, la injusticia puede golear a la verdad”. Algunos de los chicos y chicas se mudaron, otros se dejaron llevar por las drogas y estuvieron en diferentes hogares de rehabilitación y otros lograron mudarse antes de que el camino difícil los atrapara. Otros, nos quedamos allí un tiempo más, viendo los cambios, y tratando de que lo que se necesitaba que se quedara igual, así fuera.

527442_177796399010113_2042659060_nMi barrio fue mi continente por muchos años. Jugué tira y tápate, guillotina, al esconder, tenqui, 1-2-3 pescao, pillo y policía, y bailé y brinqué por todos lados. Lo que aprendí allí no se aprende en la escuela, y esos amigos que me vieron crecer y crecieron conmigo siempre serán parte de mi historia. No pasé mi niñez nada mal en mi barrio. Mi primera pelea, mi primer castigo, mi primer beso fue en aquella urbanización que amo y respeto. Aprendí a jugar baloncesto (malo, pero algo es algo) y recibí y aprendí a jugar Nintendo (en eso sí era bueno). Hay muchas historias que no caben aquí, pero pueden estar seguros que son espectaculares y se las contaré a mis hijos. Mis padres se aseguraron que viera los caminos y que aprendiera a tomar el correcto, ya fuera por mí o por experiencia ajena. Sé que tú también tienes historias y cuentos de tu barrio, de tu gente. La mía comenzó a desarrollarse en Treasure Valley; desde la cuesta de los gorditos, hasta el Club de pesca, y mi calle, la calle México, mi barrio, mi Treasure Valley, mis vecinos, mi gente… en fin, yo.

Cosas buenas están supuestas a pasarme

English Version Click Here

En mi búsqueda de temas motivacionales in Internet me topé con el dicho “Cosas buenas están supuestas a pasarme”. Empecé a pensar un poco sobre eso y me pareció cierto; lo creí y lo acepté. ¿Comenzaron a pasarme cosas buenas? No. Di una mirada al pasado y descubrí que las cosas buenas vienen pasándome desde hace mucho. Y tomé la decisión de buscar y ver esas cosas buenas que me pasan.

Familia
Familia

El primer párrafo es más un resumen del punto que les quiero llevar. Déjame comenzar desde más atrás. Tuve una gran niñez. Tengo un hermano mayor que luce más joven que yo y una hermana menor que es igualita a mí (al menos eso dice la gente). Crecimos en una casa llena de amor, abrazos y una que otra pelea entre hermanos; nada fuera de lo normal. Tuve muchas amistades en la escuela y en el vecindario, y fui un niño muy feliz, en serio. Nunca sufrí de bullying en las escuela y cuando lo intentaban, siempre tenía un contestación inteligente para todo (aun lo hago y mucha gente lo odia).

Creciendo me di cuenta que la vida puede ser triste y en ocasiones injusta. Me daba cuenta cómo otras personas tenían sus vidas listas – o al menos eso parecía – y nada bueno me pasaba a mí o tardaba mucho tiempo en sucederme. Terminé la universidad y conocí a muchas personas en el camino, algunas de las cuales hoy son parte de mi familia. Aun así, pensaba que nunca me pasaban cosas buenas. La gente empezó a tener buenos trabajos, sus sueños comenzaban a hacerse realidad, y me sentía atascado; como si las oportunidades nunca tocaban mi puerta, se perdían de camino a mi casa.

Siempre he sido una persona positiva y un fiel creyente de que haciendo a la gente sonreír es una gran manera de calmar su dolor y de eliminar las penas. Eso ha funcionado para mí y al día de hoy sigue funcionando. Pero nunca estaba donde quería, donde se suponía que estuviera. Mientras crecía, nunca tuve un plan sobre dónde debía estar en mis 20s, 30s y así sucesivamente. Pero sabía lo que quería hacer y como no estaba haciéndolo me sentía que no había logrado nada.

Una cerveza por la amistad
Una cerveza por la amistad

Cerca de dos años atrás me di cuenta que lo había hecho todo al revés, y mis amigos y mi esposa – quizás sin saberlo – me ayudaron a darme cuenta. Por más de 10 años mantuve guardado un libreto para un stand-up comedy pero lo guardé porque la oportunidad para hacerlo nunca se me apreció. Estaba haciéndolo mal. Mis amigos me dieron el empujón y logré hacerlo. Finalmente estaba frente a un grupo de personas haciéndolos reír, reír mucho. Algo que siempre hago frente a mis amigos, finalmente lo hice frente a otros. Ahí me di cuenta que llevaba muchos años esperando que las cosas llegaran en lugar de salir a buscarlas.

(Mira el video aquí)

Comencé a ejercitarme y funcionó muy bien para mí. Mi confianza comenzó a crecer al igual que mi visión de vida. Miré al pasado y me di cuenta que muchísimas cosas buenas si me habían pasado; me habían estado pasando toda mi vida. Pero era yo quien me detenía a esperar que el sueño de mi vida apareciera de la nada, que tocara a mi puerta. Me di cuenta que todo lo que tenía en mi vida, bueno o malo, lo había conseguido con trabajo. Y realmente disfruté el camino hasta ahí. Claro que ser una persona positiva no me salvó de un divorcio ni de todas las cosas negativas que pasaron en mi vida. Pero ser positivo me ayudó a enfrentarlo todo y a lidiar con ellas en una mejor manera.

Nada más que decir
Nada más que decir

Mi punto es que las cosas buenas SI están supuestas a pasarte. Y te han estado pasando. Solo toma un momento y fíjate bien. Olvídate de lo que otros tienen y de esas oportunidades que nunca llegaron. Haz que la vida pase para ti. Si no hay una oportunidad para ti, ¡sal y haz que suceda! Si se cierra una puerta, asegúrate que la próxima vez la patees al entrar. No pierdas la fe en ti. Comienza haciendo esos pequeños cambios en ti y comienza a escuchar a las personas que te dicen que tienes verdadero potencial; al creer en lo que dicen te darás cuenta que tienen razón.

Puedes fracasar en aquello que no quieres,
así que por qué no arriesgarte a hacer lo que amas”.

Jim Carey

Recuerda que puedes seguirme en facebook.com/francolugooficial y en YouTube en youtube.com/c/FrancoLugoOficial. No olvides compartir este post.

Good Things Are Supposed To Happen To Me

Versión en español presione aquí

In my search for motivational stuff on the internet, I stumbled upon the quote “Good things are supposed to happen to me”. I started wondering and thinking about that, and I found it to be true; I believed it and embraced it. Did good things start happening to me? No. I looked back and realized they have been happening for quite some time. And I made the choice to try and look for the good things that happen to me.

Familia
Familia

That first paragraph is like the summary of the point I am trying to make. Let me go back a little bit and start over. I had a great childhood. I have an older brother who looks younger than me and a baby sister who looks just like me (or so people say). We grew up in a house full of love and hugs and occasional brother sister fights; nothing out of the ordinary. I had a lot of friends in school and in the neighborhood and I was a really happy child, really. I was never bullied in school and if I did I always had a clever answer for everything (still do to this day and some people hate it).

Growing up I realized life can sometimes be sad and unfair. I got to see how other people got life figured out -or so it seemed- and nothing good ever happened to me or it took too long to happen. I got through college and I met a lot of people in the process, some of which are my family now. But still, good things never happened to me. People started having great jobs, their dreams were starting to come true, and I felt stuck; like the opportunities never knocked on my door, they got lost on their way to my house.

I have always been a positive person and a true believer that making people smile is a great way to help ease their pain and lift heavy sorrow. And that worked for me and still does. But I was never where I wanted to be, where I was supposed to be. When I was a kid or growing up I never had a plan or schedule of where I wanted to be in my 20’s, 30’s and so on. But I knew what I wanted to do and since I was not doing it, I felt unaccomplished.

Friends over beer!
Friends over beer!

Two years or so ago I realized I had it all wrong, and my wife and friends – without them knowing – helped me figure that out. For years I keep a script for a stand-up comedy I wanted to make but I shelved it because the opportunity never appeared. I was looking at it all wrong. My friends helped me and I made it happen. Finally I was in front of a crowd making them laugh hard, really hard. Something I always do in front of my friends I was able to do in front of others. It was then when I realized I spent many years waiting for stuff to happen instead of going out there and making them happen.

(View video here)

I started exercising and that worked well too. My confidence started growing and so did my view of life. I looked back and realized wonderful things DID happen to me; they have been happening all my life. But it was me who stopped to wait for my dream life to appear out of thin air, to knock on my door. I realized that all I had in life, good and bad, I worked for it. And I did enjoy all the way there. Of course that being a positive person did not save me from a divorce or from all the bad stuff life threw in my face so many times. But it did help me face all of that stuff and deal with them in a better way.

Should I say more?
Should I say more?

My point is that good things are REALLY supposed to happen to you. And they have been happening. Just take a break and see it for yourself. Forget about what others have or the opportunities that never happen to you. Make life happen to you. If there is not an opportunity for you, go ahead and make it! If a door closes on you, make sure next time you kick it on your way in. Don’t quit on yourself. Start making those small changes on you and start listening to the people that tell you that there is potential; believing in what they say can help you realize is true.

You can fail at what you don’t want, so you might as well take a chance at doing what you love.
Jim Carey

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My second time (is not about sex)

It’s me again. Last Saturday I went back to Celebrate Puerto Rico to try one more time to make people laugh. The first time was awesome (still not talking about sex, even though that was the case too). This time I chose to use less jokes and do more stories of me and my childhood.

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A great place to be funny...

I had a problem with time. I had to the performance in no more than five minutes which added another pressure. The first time the time provided was the same, but I just rolled and did almost 13 minutes.
So you be the judge. Listen to it and laugh if you like it. Here is the link to the page. You can listen to it there, or you can download it for you to keep. My performance is at 57:10, but remember I’m not the only one there. So listen to all of it; you will enjoy it.