Capítulo II: “Cual bandadas de palomas…”

“Cual bandadas de palomas que regresan al vergel, ya volvemos a la escuela anhelantes de saber.” Verso del poema Regreso a la escuela por Virgilio Dávila.

1cef7bfa344001f84f18d79dbb12f90dLuis Muñoz Rivera, Jesús T. Piñero, Luis Muñoz Iglesias y Ana J. Candelas no fueron solamente personas importantes para la historia de mi Isla, sino que son los nombres de las escuelas a las cuales asistí durante mis 13 años de estudiante en mi pueblo de Cidra. En esas escuelas públicas crecí y aprendí con menos de la mitad de las comodidades que disfrutaban y siguen disfrutando muchos colegios privados. Allí sobreviví lo que hoy se conoce como “bullying” y en momentos fui uno de esos buleros también. Miles de historias me acompañan hoy día y otras que recuerdo cuando me uno con mis amigos a hablar de los “mejores tiempos”.

Comencé Kindergarten en el salón de la señora Vázquez en la Escuela Luis Muñoz Rivera. Allí conocí a José Merced, Amanda, Gabriel y otro fracatán de niños. Algunos de ellos se conocían desde Pre Kinder, pero para mí era la primera vez que estaba en la escuela. Ahora que tengo hijos, puedo imaginar la cara de alegría y las lágrimas de mi mamá cuando me puse el uniforme – pantalón corto azul y camiseta roja – para salir caminando hasta mi escuela. Mi escuela elemental estaba justo al lado de la intermedia y podíamos entrar a la primera por el portón de la segunda. Mi casa era justo al lado de la intermedia y había un portón a varios pasos de mi casa. Pero, si mal no recuerdo, no entrábamos por allí porque no siempre estaba abierto (este relato podría cambiar dependiendo de lo que me aclara mi madre). Pero la escuela era muy cerca y recuerdo que mi madre me llevaba.

12036850_989666204429342_6066163193578376091_nLas clases de Kinder eran en la mañana y en la tarde. Todos empezaban por la mañana y si la maestra entendía que unos tenían unas destrezas un poco más adelantadas, los movía entonces a la clase de la tarde. A pesar de todo el trabajo que me dio en aprender a recortar – que aún no sé hacerlo correctamente, en serio – me movieron a la clase de la tarde. Y allí fue que conocí a una niña hermosa, la Nela, como le decía Benito Pérez Galdós a la protagonista de su libro. A esa edad, cinco años, uno no sabe nada de amor, pero sí cuando una niña le parece linda, lo cual era mi caso. Además de la Nela, recuerdo que jugábamos mucho con bloques y dormíamos, lo cual se hace en Kinder el día de hoy.

Primer grado, señor Arriaga. Lo recuerdo con su bigote y su pelo canoso. Un hombre alto y de una voz diferente; no era grave ni suave y el timbre era un poco agudo. Básicamente el primer grado fue con los mismos compañeros de Kinder, así que el proceso fue más llevadero. Recuerdo que frente a los salones de primer grado había un árbol grandote y alrededor de su tronco había una rueda, llanta o goma de carro donde siempre jugábamos. Nunca he podido olvidar el día que hice algo malo – aunque no recuerdo exactamente cuál fue la falta – que el míster Arriaga me haló la patilla (ese pelo que está ahí al lado de la oreja). Ufff… fuerte ese dolor. La maestra de inglés, para mi dicha, era la señora Luna. Una señora no tan mayor como el maestro, pero bajita como mami. ¿Por qué escribo “para mi dicha”? La señora Luna era la madre del angelito bello que conocí en Kinder. Y sí, la Nela estuvo conmigo también en primer grado. Así que todo era felicidad.

Mi padre no siempre podía ir a buscarnos a la escuela, pero los días que lo hacía era para mí unamaravilla. El horario de clases era de ocho de la mañana a tres de la tarde, y cerca de la hora de salida, ya comenzábamos a ver a nuestros padres en los alrededores del salón. Aún tengo la imagen de uno de los días que papi me fue a buscar. Yo en el salón y verlo afuera me dio una emoción enorme. Y sé que al momento que vio mi cara, mi viejo sintió una gran alegría porque es la misma cara que pongo yo cuando mis hijos se emocionan al recogerlos en la escuela.

La señora Jiménez fue mi maestra de segundo grado; una señora grande, fuerte y muy estricta. Nos gritaba muchísimo. Uno de los estudiantes, Joel, era bastante desobediente y a veces un poco malcriado. Eso, combinado con la poca paciencia de la maestra, era una combinación terrible. Jiménez, tenía una yarda – un pedazo de madera de 36 pulgadas – y con ella le daba a Joel, mucho. Creo que aún estoy traumado por eso. Fue la primera vez que recuerdo haber visto a una maestra golpear un estudiante, pero eran otros tiempos. Fue en este grado que me disfracé de Drácula – un disfraz bien hecho y cara pintada y colmillos de mentira – y asusté mucho a mi prima Nérika. Eso aún sigue siendo una historia divertida. Fue en tercer grado que comencé a ver y, más aun, a entender los problemas que enfrentaba el Departamento de Instrucción Pública – nombre que tenía en ese momento – en el sistema de escuelas del país. Mientras vamos creciendo, notamos o prestamos atención a algunas cosas que no pensábamos que existían. Mi maestra, la señora Hernández, además de ser la maestra de las materias regulares, tenía que también ser la maestra de inglés. Aunque su disposición era genuina y se preocupaba por sus estudiantes, no sabía tanto inglés como para enseñarnos. Así que ese año escolar no fue muy bueno en lo que se refiere a nuestra clase de inglés.

Los grados cuarto, quinto y sexto fueron repletos de nuevas experiencias; en estos grados comenzamos a cambiar de salón. Seis maestros diferentes, cada uno con su materia. Los tres grados los maestros fueron básicamente los mismos, así que nos vieron crecer y, como estudiantes, sentimos, según mi punto de vista, un lazo más especial con ellos.

Quienes me conocen, saben que puedo ser, por falta de una mejor palabra, un poco fastidioso, pero eso pasó más tarde de escuela elemental. Aunque siempre estaba bromeando y tratando de hacer reír a mis compañeros, si un maestro me regañaba para mí era una vergüenza. La señora García, mi maestra de español, estaba un día hablando sobre las palabras agudas, llanas y esdrújulas. Ya ella nos había hablado al respecto en clases anteriores y dominé el tema rápido por varias razones: me gustaba esa parte de la clase y mami era tan estricta en esto de escribir correctamente que me sentó varios días a explicarme cómo se acentúan las palabras y la sílaba tónica y la fuerza de pronunciación y… bueno, ustedes entienden. Regresando al salón de clases, misis García nos explicaba una de las formas más fáciles para entenderlo y yo, sentado en una silla en la parte de atrás, hice un gesto con la cara dejando saber que dominaba el tema. “Lugo, si es tan fácil para ti, pues coge las cosas y te vas” me dijo la maestra. Miré a mi compañero Elvis, cerré la libreta y cuando estaba a punto de guardarla, vuelve a gritar: “Y, ¿para dónde vas?” Le dije que estaba siguiendo las instrucciones y se molestó. Llamó a mami a que fuera a la escuela y obvio que me regañaron en casa también. “Pero si yo me lo sabía”, le dije a mami. En fin, todo terminó ahí, pero de verdad que me asusté ese día por el regaño de la maestra y por botarme del salón, y por molestarse cuando me iba del salón…

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Gabriel, Ángel David y yo en nuestra graduación de sexto grado

Y llegué a la escuela Jesús T. Piñero a séptimo grado. Fue ahí donde a muchos de mis compañeros de los grados anteriores los pusieron en otro salón. Dado que solo había una escuela intermedia en el pueblo, los jóvenes que venían de las escuelas del campo llegaron a la intermedia conmigo. Ahí conocí a varias personas que al día de hoy considero familia.

No recuerdo que hayan sido años difíciles, pero si les preguntan a mis padres, ellos podrían decir lo contrario. En mi salón estaban quienes mejores notas sacaban en la escuela, pero quienes más hablaban y molestaban a los maestros. Los grados séptimo y octavo los cursé en la misma escuela, pero, por falta de espacio, cuando pasé a noveno grado nos cambiaron de escuela. En realidad no recuerdo el nombre de la escuela – creo que no tenía, ahora que lo pienso – pero todo el mundo en el pueblo le decía “la pollera”.

20140921-escuela-elemental-regino-vega-cidraEn la pollera solo estaban los estudiantes de noveno grado, así que todos nos hicimos más cercanos y aprendimos a disfrutar todos juntos. Pero, en cuanto a mis compañeros de clase, la escuela cometió un error. En octavo grado habían dos grupos de estudiantes que sacábamos buenas notas, pero en cuanto a conducta no éramos los mejores. La escuela decidió que para noveno grado dividirían ambos grupos y los harían mejor. El error fue que pusieron en el mismo salón a los que tenían mejor conducta y en mi salón a los que su conducta no era tan buena. Nosotros los estudiantes disfrutamos mucho ese año, pero los maestros, no tanto. A una semana de clases ya el maestro de matemáticas nos había amenazado de colgarnos si seguíamos con esa conducta y la maestra de inglés estaba a punto de un ataque de nervios. Así que decidieron reunir a nuestros padres para contarles lo bien que nos estábamos portando y las posibles consecuencias. Después de esa reunión la situación mejoró un poco y puedo decir que al día de hoy cuando veo a esas maestras en la calle, las beso y las abrazo con mucha alegría ya que aprendimos y crecimos mucho ese año.

La escuela elemental para mí fue maravillosa. No solo recuerdo a la Nela, sino lo mucho que jugábamos y corríamos por el plantel escolar. Recuerdo el conito de papas con ketchup de casa de Ismael, los limbers de cherry de la tienda que tenía mi tío Ñañe, atendido por mi primas Yolanda, Sigma y Eli, los juegos de gallito, trompo y canicas y a doña Luz regañándonos por estar tirando basura en la escuela.

En la escuela intermedia se crece de otra manera; comenzamos con la adolescencia y todo lo que significa para nosotros. Comenzamos a creer que lo sabemos todo y que somos lo más importante del mundo. Nuevos amigos, nuevas experiencias de vida y esos maestros que vieron en nosotros una chispa de talento e hicieron más de lo necesario para que pudiéramos mantenernos en un buen camino y con buenas actitudes. Sé que la experiencia no fue igual para todos, pero sí lo fue para mí. A estas edades ya las chicas no son esos seres con los cuales no podemos compartir, sino esos seres hermosos que no podemos dejar de mirar. Y se habla de sexo y todas las construcciones erróneas del tema, los mitos y realidades.

Nuestra graduación de noveno grado fue excelente; logros alcanzados y etapas finalizadas. Y así, luego de un verano maravilloso, comencé una nueva etapa en la vida.

 

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Capítulo I: “Mi barrio era un continente”.

Según información que conseguí en la red, los números cinco, 25 y 1980 revelan que mi camino de vida es el número tres. Este representa visión, imaginación y alegría de vivir. Esa página me dice además que poseo un gran talento para la creatividad y la expresión. Pues ese fue el día de mi nacimiento: 25 de mayo de 1980. Ese mismo día, pero en otro año nació Jeff Bridges y también Frank Oz (quien hace la voz de Yoda en la primera entrega de la película Star Wars).

15541596_196526557476647_2317720124440701798_nJosé Francisco Lugo Rivera: el segundo de los tres hijos de Juan Antonio y Eileen Ivette. Mi hermano mayor se llama como papi, porque con alguien tenía que desquitarse, y mi hermanita, Jaleen Franceska, nació tres años después de mí. Nacimos en un hospital en Caguas pero nos criamos en el pueblo de Cidra. Unos años en el Cielito (en el centro del pueblo) y la mayoría de los otros en Treasure Valley, por allí cerca de Don José. También vivimos en el barrio Rabanal, pero apenas fue una semana, quizás menos (afortunadamente).

Mi niñez fue bastante buena, diría yo. Crecí con mis hermanos, fui a la escuela, hice maldades que en ocasiones pasaban desapercibidas porque siempre hacía reír a alguien (de adulto eso no funciona) y saqué de quicio a mi hermano muchas veces – ese es mi trabajo como hermano del medio. Recuerdo las navidades y algunos de los regalos, y disfrutaba de levantarme los sábados en la mañana a ver muñequitos como He-Man, los Thundercats y los Muppet Babies.

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¡Mira ese nene… qué bello!

Recuerdo cuando mami me llevaba a la escuela y también el día en que no me fue a buscar. Siempre uso esta historia cuando mami habla de algo de la niñez y siempre es para molestarla, lo cual hace como 30 años dejó de funcionar. Yo cursaba el Kinder y la escuela era literalmente al lado de mi casa. Pero caminando podrían ser cerca de 10 minutos, más o menos. Obviamente, me sabía el camino y todo el mundo en el barrio conocía a los hijos de Juan Lugo, así que no había forma de que me perdiera. Mami me llevó al salón en la mañana y le tocaba buscarme a medio día. Llegó la hora en que se supone que mami estuviera allí y cuando me di cuenta que no estaba, decidí caminar hasta casa. Diez minutos más tarde estaba yo en casa y al abrir la puerta y saludar a mi madre, ella casi se muere del susto. Según recuerdo, y ella dirá una versión que le convenga más a ella, mami estaba limpiando la casa y entre tarea y tarea del hogar, se le hizo tarde. Recuerdo que me abrazó y me besó y yo no entendía porque tanto escándalo. En fin, mi madre me dejó perdido ese día en la escuela.

Papi trabajaba en la Junta de Inscripción Permanente (JIP) en Cidra y después de varios años, dejó ese trabajo por una mejor oportunidad y mami tomó su lugar en la JIP. En ese tiempo no me pareció una buena idea porque cuando yo salía de la escuela llegaba a casa, recibía un beso y un abrazo del amor de mi vida y me dedicaba entonces a hacer asignaciones, pelear con mis hermanos y comer la rica comida de mami. Al sol de hoy el olor en esa cocina me vuelve loco. Al otro día me levantaba, desayunaba, molestaba a mis hermanos y mami nos llevaba a la escuela, besos y abrazos y eso era un buen día. Cuando uno va creciendo se va dando cuenta que era súper necesario que mami trabajara ya que debíamos mudarnos de la casa que compartíamos con mi tío Piro porque no cabíamos y el sueldo de papi no era suficiente para eso.

10417788_1113260885356060_7267783779022143336_nNos mudamos entonces a Treasure Valley; una casa de tres cuartos en una urbanización donde vivían algunos de mis compañeros de escuela y habían muchos niños de nuestra edad. Allí conocí lo que era esperar la guagua cada mañana para llegar a la escuela y cogerla cada tarde para regresar. Mami trabajaba frente a la escuela y siempre nos llevaba almuerzo y comíamos en la cocina de la oficina, lo que para mí era buenísimo ya que no como muchas cosas que la mayoría de la gente disfruta (dile changuería si quieres).

emgn-worst-job-commutes-pic-5La tarde era divertida desde mi punto de vista de niño. Cuando no nos quedábamos en la oficina con mami hasta que papi nos buscara, nos íbamos e la guagua hasta la urbanización, y eso era una odisea. La guagua llegaba y habíamos más de 20 personas tratando de montarnos y todos queríamos entrar a la misma vez – como los videos esos de los chinos tratando de montarse en el tren. Si mi hermano se montaba, me tenía que montar yo porque las instrucciones eran que ambos nos teníamos que montar en la guagua juntos. Al llegar a casa, siempre pasaba una de dos cosas: mami nos daba la llave y entrábamos con calma o le decíamos a Olga, nuestra vecina, que nos abriera la puerta con el cuchillo. Ella tardaba menos con el cuchillo que lo que tardábamos nosotros con la llave; así de buena era ella con nosotros y siempre nos echaba un ojito. Nos cambiábamos de ropa más rápido que ligero y “verificábamos” las tareas antes de irnos a la cancha que estaba en nuestra calle. Hacíamos las asignaciones, casi siempre, y a jugar a la calle con el resto de los muchachos.

Cuando mami llegaba de trabajar, a veces con papi o su compañera de trabajo le daba pon – porque mami no guía – le tocaba entonces hacer comida, verificar que las asignaciones estuvieran hechas, preparar todo para el próximo día escolar, asegurarse que comiéramos todos juntos en la mesa y acostarnos a dormir. Unos días eran más complicados que otros, pero básicamente esa era la rutina. Todo el mundo en la cancha se enteraba de nuestro segundo nombre cuando mami nos llamaba a comer. Como es normal, a los niños no le gusta parar de jugar o divertirse. A la hora de comer mami salía al balcón y nos llamaba. “Junito, Frankie, vengan”, una vez. La segunda, la misma historia. La tercera cambiaba de cuento de hadas a película de misterio: “José Francisco, ven AHORA”, me gritaba fuertemente. En ese momento dejábamos todo y salíamos corriendo sabiendo que nos esperaba al menos un regaño o cantaleta. Estoy seguro que la mayoría de ustedes, mis lectores, están familiarizados con esto.

Un hermoso día de primavera, el 22 de marzo de 1991 – o quizás 1992, no estoy seguro – nos reunimos todos los jóvenes de la urbanización. Era día feriado en Puerto Rico, ya que se celebra el Día de la Abolición de la Esclavitud. Éramos más de 10 muchachitos entre las edades de 11 a 15 – estaba mi hermano, José César, Carlos, Robertito, Kiko el Tribil, Sammy, Yadiel (creo) y otros jóvenes. Decidimos ir de un extremo de la urbanización a otro en bicicleta y lo divertido era que en el extremo donde comenzamos era una cuesta larga y no había que pedalear tanto para bajar. Mi hermano no quería que yo fuera, pero como él no es mi papá (como todos los niños se dicen siempre), me incluí en la aventura – como los Goonies. Llegamos todos juntos hasta abajo, sin problema ninguno; una travesía llena de velocidad como por tres o cuatro minutos.

Al llegar al extremo final de la urbanización, era momento de acabar la aventura. Pero no sabía que el destino tenía algo planeado para mí (parece introducción de una novela de Univisión). En el lugar que decidimos reunirnos para regresar, José César bajó en su bicicleta primero que yo y luego era mi turno. Al bajar, José César se atravesó y la goma delantera de mi bicicleta chocó con la suya, y salí volando hacia adelante y caí de cabeza en una alcantarilla. Todos asustados me ayudaron a levantar, y yo, tranquilo. Hasta que me toqué la cabeza y mi mano se llenó de sangre. El mundo se detuvo. El miedo invadió mi mente. ¿Me habré cortado hasta casi tocar el cerebro, o habrá sido solo un rasguño? ¿Me dejará mi madre seguir viviendo o me castigará hasta cumplir 100 años en un calabozo oscuro y con comida mala, como arroz con salchichas?

images (1)Un vecino que pasaba por el área me llevó a casa. Recuerdo claramente que grité como si me hubiesen arrancado un brazo cuando vi la sangre. De más está decir que mami por poco se muere cuando me vio llegar llorando y con sangre – en realidad era poca sangre, pero seguía siendo sangre. Me llevó al hospital, donde me atendieron rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, llenos de lágrimas porque yo era un llorón, estaba en casa. Al llegar a casa, mami decidió castigarnos a mi hermano y a mí por un mes, UN MES. ¿Por qué me va a castigar si lo que tuve fue un accidente? Una de las contestaciones más fáciles y que me dolió más que el golpe en la cabezota: Nos fuimos sin permiso a correr bicicleta por un área lejos de casa. Y, ¿por qué castigaron a Junito conmigo? Porque él es el mayor y no debió haberme dejado ir. Por eso, los dos castigados solo 30 días de una hermosa primavera, incluyendo sábados y domingos.

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Muchos años después, la amistad sigue…

Tuve la dicha de crecer donde crecí y con la gente con quien crecí. Los días de verano, mientras todos los chicos estábamos de vacaciones eran espectaculares. Siempre había algo qué hacer y nunca estabas solo. En mi caso tenía a mi hermano, aunque él no le gustara mucho la idea. No quiero que piensen que Junito era un mal hermano; era un niño normal que le molesta que para todos lados que iba, su hermano menor iba detrás de él. Esos días calurosos de verano jugábamos baloncesto en la cancha, donde siempre había una que otra discusión, jugábamos pelota (béisbol) bajo el sol candente de nuestro parque y cualquier cosa que se nos ocurriera. Y en las noches, no muy tarde, mis padres sacaban una soga larga y hacíamos competencia de brincar cuica; a veces los varones contra las hembras y mami y papi siempre brincaban. Creo que por eso es que me gusta brincar cuica; me remonta a mi niñez.

Una etapa muy buena para mí fue cuando, guiados por nuestra amiga Haydee, se hizo especie de Talent Show en el Centro Comunal de la urbanización. Para ese tiempo estaba de moda Francheska, Liza M, Garibaldi, Gloria Trevi con su pelo suelto y muchos otros artistas. Las chicas se botaron; tardes de ensayos y la música y la ropa y todo. Un tiempo después, decidimos entonces hacer uno dirigido a los padres en su día. ¡Ahí botamos la casa por la venta! Recuerdo que nos vestimos de chaqueta y todo, y cantamos la Última Copa, cantamos Linda, de Daniel Santos y yo imité a José Feliciano con la canción Siempre (magnífica imitación, debo decir). Hasta un numerito de Garibaldi nos tiramos – vestidos con pañuelos en la cabeza y todo. Un momento que todos disfrutamos y estoy seguro que si alguno de mis amigos de Treasure Valley lee esto, tiene historias que contarles a sus hijos y familiares.

La pérdida también fue parte de nuestras vidas de niños en el barrio. Recuerdo con mucho cariño a Robertito y su hermana Viviana. Vivi era una chica alegre y llena de energía que juagaba con mi hermana y todos la conocíamos. Algunos no sabían su nombre, pero sabían que era la hermana de Robertito, quien siempre estaba jugando y haciendo maldades con nosotros. Esos hermanos vivían con sus abuelos, don Roberto y doña Petra, quienes tenían la tiendita donde comprábamos leche, huevos y esas cosas. Si mal no recuerdo, cuando yo tenía como 13 o 14 años, Vivi enfermó y un tiempo después falleció. Hablamos mucho de eso entre nosotros y del dolor que podrían estar pasando doña Petra y don Roberto y, más aún, su hermano, nuestro amigo Robertito. La vida nos enseñó en ese momento que no hay tal cosa como que los que se mueren son los viejos. Porque aunque había perdido familiares, nunca había pasado por eso de perder una amiga.

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De la producción Mundo, la canción Como Nosotros.

Fuimos poco a poco creciendo y con las cosas de la vida fuimos cambiando. Como dice Rubén Blades en su canción Como Nosotros: “Nuestra inocencia retrocede al comprender que, en la vida real, la injusticia puede golear a la verdad”. Algunos de los chicos y chicas se mudaron, otros se dejaron llevar por las drogas y estuvieron en diferentes hogares de rehabilitación y otros lograron mudarse antes de que el camino difícil los atrapara. Otros, nos quedamos allí un tiempo más, viendo los cambios, y tratando de que lo que se necesitaba que se quedara igual, así fuera.

527442_177796399010113_2042659060_nMi barrio fue mi continente por muchos años. Jugué tira y tápate, guillotina, al esconder, tenqui, 1-2-3 pescao, pillo y policía, y bailé y brinqué por todos lados. Lo que aprendí allí no se aprende en la escuela, y esos amigos que me vieron crecer y crecieron conmigo siempre serán parte de mi historia. No pasé mi niñez nada mal en mi barrio. Mi primera pelea, mi primer castigo, mi primer beso fue en aquella urbanización que amo y respeto. Aprendí a jugar baloncesto (malo, pero algo es algo) y recibí y aprendí a jugar Nintendo (en eso sí era bueno). Hay muchas historias que no caben aquí, pero pueden estar seguros que son espectaculares y se las contaré a mis hijos. Mis padres se aseguraron que viera los caminos y que aprendiera a tomar el correcto, ya fuera por mí o por experiencia ajena. Sé que tú también tienes historias y cuentos de tu barrio, de tu gente. La mía comenzó a desarrollarse en Treasure Valley; desde la cuesta de los gorditos, hasta el Club de pesca, y mi calle, la calle México, mi barrio, mi Treasure Valley, mis vecinos, mi gente… en fin, yo.