Capitulo IV (Parte I): Alma Máter

Torre UPRDesde antes de graduarme de escuela superior en el 1998, sabía que quería estudiar Comunicaciones en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Mientras muchos de mis compañeros no estaban seguros de cuál sería su camino, a mí se me hizo fácil decidir. Y fue así, en agosto de 1998, comencé mi camino por el Primer centro docente el país, la IUPI, MI IUPI que tanto amo y respeto.

El proceso de admisión fue un proceso normal; enviamos los papeles requeridos, esperamos, la carta de admisión no llegó cuando esperábamos, comenzaron los nervios, pensé en otras alternativas y luego llegó la tan esperada carta… normal. Varios de mis compañeros también fueron aceptados y, dado el hecho de que no teníamos carro para viajar todos los día de Cidra a San Juan y de vuelta a Cidra, decidimos buscar hospedaje. José Manuel y yo decidimos buscar un apartamento para compartirlo y viajamos a Río Piedras a buscar opciones. Encontramos varias opciones, pero por razones que no recuerdo bien, se nos hizo tarde para hacer los pagos correspondientes. Para ese tiempo era complicado encontrar un apartamento ya que muchos estudiantes estaban haciendo lo mismo. Lo logramos, pero no tan normal como muchos pensarían; José Manuel y yo encontramos un apartamento en la urbanización Santa Rita – cuna de los estudiantes de Río Pidras – pero lo compartimos con dos de nuestras amigas, Melissa e Irma. Ambas fueron nuestras compañeras de clase por varios años en la escuela intermedia y superior, así que hasta cierto punto nos conocíamos bastante bien. Esta experiencia nos ayudó a aprender a convivir y a aceptar más a las personas, ya que cada uno trajo consigo lo que la vida nos enseñó. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que en ningún momento hubo peleas ni discusiones por ninguna razón.

Screenshot 2018-05-10 at 6.03.47 PMPara ese tiempo aún no estaba en Santa Rita la farmacia de la W – no le daré promoción gratis – así que comprábamos en el fin de semana los ingredientes para hacer comida, como arroz, potes de habichuelas, carnes, salchichas y todo lo necesario para un buen desayuno, almuerzo y comida. Siempre nos poníamos de acuerdo sobre quién cocinaría y quien lavaría los platos sucios. Era de suma importancia mantener el baño limpio, además de ser considerados con los horarios de clase y estudios de cada uno. Establecimos reglas desde el primer día e hicimos lo posible por seguirlas. Desde mi punto de vista, la convivencia fue muy buena. Además, era interesante ver la cara de otras personas cuando le decíamos que vivíamos con dos chicas.

Por varios meses, viajábamos los domingos hacia Río Piedras con el papá de José Manuel y los viernes mi papá nos recogía para llevarnos a Cidra. No había presupuesto alguno para carro, así que nuestros padres hacían el sacrificio. Los domingos en la tarde, recogía en un bulto la ropa que mi madre lavaba, desde viernes en la tarde para que estuviera lista a la hora de irnos. Mi hermano estudiaba en Mayagüez y también llegaba a Cidra los viernes, así que podrán imaginar toda la ropa que mi madre lavaba y los milagros que hacía para que todo estuviera a tiempo. El papa de José Manuel llegaba a recogerme, mis padres me echaban la bendición, me daban la compra de la semana y $40 para que comprara lo que me hiciera falta (lo cual era un sacrificio para mis padres). No teníamos en ese tiempo el servicio bancario de transferir dinero por una aplicación móvil – ni yo tenía un móvil para verlo, ni internet, ni computadora –  así que teníamos que hacer lo posible por estirar ese dinerito.

hqdefaultLlegábamos a Santa Rita, subíamos nuestros bultos al apartamento y José se iba a ver a su novia, y yo cruzaba la calle a compartir con los vecinos quienes en su mayoría eran compañeros de clase de Cidra. Ahí también conocí a cuatro jóvenes de Ciales: Heky (nunca me aprendí su nombre de pila), Ángel, Juan y dos más de nombre David. Siempre que iba donde Yoli, Melissa Michelle y Lourdes, o a molestar a Julia, Linette, Gladmar y Waleska, aprovechaba y nos parábamos frente al apartamento a hablar y relajar de lo que fuera. Un día hubo un apagón en Río Piedras y estuvimos varias horas a oscuras, pero todos fuera de los apartamentos compartiendo. Al llegar la luz, se escuchó una algarabía por todo Santa Rita… la misma algarabía se escuchó cuando a eso de las 4:45 p.m. Adrián besó a Natalia en la novela “A todo corazón” (Santa Rita se quería caer).

IMG-20180511-WA0013Además de mis vecinos y compañeros de apartamento, siempre tuve cerca a quien hoy día es una de las personas que más quiero en este mundo, Mónica. Ella siempre ha sido esa amiga que entiendo todos debemos tener; te dice las cosas como son, te apoya y te corrige cuando es necesario. Desde noveno grado, nuetsra amistad fue creciendo y fortaleciendose. Hoy, es parte importante de mi familia. Igual me pasó con Yoly; a pesar de conocerla desde antes de llegar a la Universidad, nuestra amistad creció muchísimo. Recuerdo que, para ver la expresión de las personas de la urbanización, cuando me veía, me gritaba de donde estuviera como si ella fuera esa novia celosa y molesta que nadie necesita en su vida. Y yo, siendo un personaje donde quiera que me paraba, le respondía de la misma forma. La primera vez que hicimos ese paso de comedia, todos los vecinos salieron a la calle a ver qué pasaba. Al abrazarnos como los amigos que somos, todos se reían o nos regañaban.20180511_200651.jpg

Y tocó el turno de asistir a las clases. Ser prepa (como se les dice a los estudiantes de nuevo ingreso) en la IUPI no es la mejor experiencia ya que si alguien te ve con tu cara de “soy nuevo aquí y no sé ni donde estoy” te gritan prepa y te ponen a bailar. Mi idea para que eso no pasara fue no afeitarme la cara por unos días y que la ropa no se viera como nueva. Así que fui por el campus como si esa fuera mi casa y nada pasó por unos días. Pero un jueves de agosto, saliendo de unos de los salones de la facultad de Estudios Generales, un grupo de jóvenes gritó: “PREEEPAAAA” y señalaron hacia mí. Miro a mi izquierda y había una chica y a ella fue a quien rodearon y me empujaron para sacarme del lugar donde pondrían a bailar a la joven. ¡Y me salvé! Una historia de éxito, diría yo.

Mi primer año de universidad fue una año de crecimiento. Me di cuenta que las ciencias no son mi fuerte y que la diferencia en un salón de clases puede hacerla el profesor o profesora. Mis clases de Humanidades e Inglés fueron ejemplo de ello. El formato de la clase daba espacio para discusiones inteligentes y el ambiente era tranquilo y de oportunidad. Fue en Humanidades donde conocí a la Iliada y en inglés conocí disfruté de la visita de la Muñeca de los ojos brujos, Nydia Caro. El resto de las clases básicas, las de primer año, no fueron sobresalientes en mi vida, al punto que no recuerdo ninguna anécdota que pueda contarles al respecto.

Screenshot 2018-05-10 at 6.26.21 PMY sobreviví el primer año de universidad. El segundo año lo comencé en nuevo apartamento con nuevos compañeros. José Manuel decidió viajar todos los días de Cidra a San Juan y de vuelta a Cidra en las tardes, aunque muchas veces fue nuestro compañero de apartamento ya que dormía en el súper incómodo mueble que teníamos en nuestra pequeña sala, comedor y cocina. Melissa tomó la decisión de viajar también, pero una de las razones fue el embarazo de su primer hijo. Siempre que quedé con la duda si ese hijo se concibió en nuestro apartamento. Pero después de este escrito, algo me dice que esa duda quedará aclarada.

082816-Barn-Finds-1978-Datsun-B210-2Nuevo año, nuevo apartamento y nuevos compañeros de cuarto: Juan Carlos y Heiroff (sí, ese es su nombre, no su apodo). Con Juan compartí desde intermedia y tenerlo como compañero de apartamento fue muy bueno. Nunca hubo en ese apartamento momentos serios. Juan con sus inventos y locuras, Heiroff siendo el raro personaje que es y la seriedad que me caracteriza daba espacio para momentos de mucha risa. Juan tenía su carro y me buscaba los domingos en Cidra y en ocasiones me devolvía los viernes. Hasta que por fin pude comprarme un carrito. De hecho, fue mi padre quien me compró un Datsun 210 del 1979. El carro costó cerca de $800 y estaba bastante maltratado, pero era mi primer carro. El primer fin de semana que tuve el carro fue maravilloso. Lo llevé a casa de mi novia para que lo viera, al igual que su familia y lo bautizaron como Banano, por su color amarillo. Ese domingo lo usé para ir a trabajar en la tienda de tenis deportivos en un centro comercial en San Juan donde trabajaba a tiempo parcial. Terminé mi turno de trabajo, lo llevo al apartamento y terminó mi día. Lunes, camino hacia la universidad y miro mi carrito allí estacionado justo donde lo dejé, así todo amarillo. Regreso un poco después del mediodía y Banano no estaba. ¡Se lo robaron a plena luz del día! José Manuel me acompañó a hacer una querella de robo en la estación de policía y, al explicarle al oficial lo ocurrido, su respuesta poco amable fue: “esos carros se los roban a diario aquí”. Su comentario me llenó de tanto ánimo que quise irme del cuartel, pero José me dijo que hiciera la querella a ver qué pasaba. Eso fue en 1999, y 19 años después no he escuchado nada de parte de la Policía.

También conocimos vecinos nuevos. Una noche, cerca de las dos de la madrugada, despertamos con el sonido de una voz aguda, pero casi en susurro que decía del otro lado de la ventana: “Juan, anormal. Juan, anormal. Juan, anormal”. Esa no fue la palabra que utilizaron para referirse a Juan, pero mis hijos leen este escrito y no quiero que se lleven ese mensaje. Cerca de la quinta vez que gritaron, Heiroff se levantó de la cama de arriba de la litera y gritó de modo amenazante: “¡Cállate la boca y déjame dormir porque salgo a romperte la cara, pendejo!”. Juan y yo nos miramos con cara de susto, seguido por una carcajada corta. Al otro día, los vecinos tocaron nuestra puerta para disculparse. Resulta que el nombre de uno de ellos también era Juan y los que gritaban por la noche se habían equivocado de ventana.

Y teníamos vecina; una mujer de pequeña estatura, pero para nuestros ojos, y puede que esto nos traiga problemas, hermosa. No era Dayanara Torres, pero era muy linda y sexy. Como los hombres valientes que no éramos, nunca hablamos con ella más allá de buenos días y buenas tardes al pasar el portón que estaba justo al lado de su apartamento. Cuando por fin hablé con ella fue por obligación. Llegando al apartamento, veo que la vecina está limpiando con manguera las escaleras. Al parecer usó mucho jabón, resbaló y bajó los seis escalones de espalda. La ayudé a levantar bastante preocupado y ahí fue que la conocí. La dejé con su hermana y caminé a mi apartamento. Fue una buena historia que contar ya que mis compañeros de apartamento estaban felices de que al menos uno de los tres conoció a la vecina. Eso significaba que ellos podrían conocerla a través de mí. ¡Todos ganamos con esa caída! (No le pasó nada con la caída.)

HACU_Short-HiRes-181x300Ese año también comencé con algunas de las clases de Comunicaciones, las cuales me encantaron. Pero al terminar el año no estaba seguro que eso era lo que quería estudiar. Juan tenía una compañera de clases que le dijo que había hecho un internado en Washington, DC y fue él quien me recomendó completar la información. Así lo hice y en junio del año 2000, a mis recién cumplidos 20 años de edad, viajé a la Capital Federal a trabajar en el Departamento de Salud y Servicios Humanos, gracias corporación sin fines de lucro HACU (Hispanic Association for Colleges and Universities). Al llegar de esa gran experiencia de crecimiento personal y laboral, entendí que estaba en el lugar correcto. Hablaré un poco más al respecto en la parte II de este capítulo.

COPU

Tercero y cuarto año de universidad fue tomando clases específicamente de concentración. Una de esas clases, Guiones para radio, televisión y cine, por el profesor José Rivera, fue espectacular. Al hacer esos guiones y leerlos lograba tener una imagen de lo que yo quería ver. Un nuevo reto que acepté del todo. Y otra de las clases de periodismo fue con la doctora Lourdes Lugo. En esos momentos, y creo que aún sigue siendo así, la doctora era muy estricta; nada de celulares sonando en la clase, era importante llegar a tiempo al salón y evitar las tertulias en todo momento. No tenía problemas con los celulares pero sí con el de llegar a tiempo. Resulta que la clase era a las diez de la mañana en un edificio fuera de la universidad en la escuela superior de la UPR (salón conocido por los estudiantes de Comunicaciones como COPU carajo) y yo salía de una clase de Estudios Generales a las 9:50. Al salir del salón, yo iba por ahí que me las pelaba, como dice papi, porque el regaño de ese día no podía ser para mí. Aprendí muchísimo en esa clase, tanto así que tomé otro curso con la doctora Lugo.

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Radio Universidad de Puerto Rico

También tomé un curso de radio en Radio Universidad de Puerto Rico. En la clase de la profesora Noelia Quintero aprendí y crecí muchísimo. Siempre he sabido que la radio es uno de los medios, si no el medio, más importante. La responsabilidad de un locutor sobre la información que habla en el medio es enorme y debe ser veraz, coherente y entretenida. Aun cuando se hablan temas de comedia o un poco subidos de tono, el locutor o locutora debe tener conocimiento de palabras y usarlas correctamente; no hay espacio para “hubieron”, “estábanos”, “comistes” y otras palabras incorrectas que nada aportan al mundo en que vivimos. Junto a Karla, Sacha y Shariann desarrollamos como trabajo final un programa de Rock en español con entrevistas, música y e información llamado Evolución Rock. Todo el proceso de producción y edición me dejó saber que esa era una de las vías que quería caminar en la vida. Entendí que a final de cuentas, fue una buena decisión estudiar Comunicaciones.

Me gradué en el verano del año 2003. Años después, cuando conocí a mi hoy esposa, Gina, y descubro que ella también se graduó en ese mismo año, de la misma universidad y de Comunicaciones. O sea, nos graduamos juntos, el mismo día y hasta tenemos fotos con las mismas personas y nunca nos cruzamos en ninguna clase ni en el pasillo. Podemos verlo como que no estaba supuesto a pasar, pasó de la manera que tenía que pasar. Hubo, además, personas maravillosas que llegaron a mi vida durante esos cuatro años de estudio: Jackie, Frank, Shary, Ingrid, Gabriel, Karla, Onix, César, Tommy, Tulio, Abiezer, Amy, Gelpí, Lugardo, entre otras. Muchas de ellas llegaron para quedarse: Jessica, la mamá de mi hijo mayor, y Dashelley, a quien conocí quejándose de los hombres mientras esperábamos a la profesora de Ciencias Sociales y desde entonces hemos estado en la vida de cada uno. Compartimos momentos importantes en la vida de cada uno y nos hemos confiado historias y sucesos que nos hicieron crecer. Nos hemos visto como padres y crecido juntos como amigos. Una mujer especial e importante para mí, y con mucho orgullo estoy seguro que así lo será siempre.

El profesor Popelnik siempre nos aclaró que la vida fuera de los portones de la universidad apestaba, estaba llena de responsabilidades y experiencias para las cuales la universidad no podría prepararnos, y tenía razón. Me encantaría decirles que al graduarme trabajé en alguna estación de radio y que soy uno de los mejores locutores de mi Isla. Pero no fue así. Trabajé aquí y allá y en el 2005 logré trabajar en WAPA televisión. Allí escribía las noticias de salud, farándula, mundiales y deportes para el noticiero del fin de semana a tiempo parcial y luego de unos meses surgió el puesto a tiempo completo. De más está decir que me encantó, aunque los horarios de trabajo eran bastante fuertes. La vida siguió y trajo lo que me tocaba tener: cosas buenas, cosas no tan malas y cosas que, si tuviera la oportunidad de repetir, no lo haría. Pero de eso se trata este viaje de vida. Hasta cierto punto me di por vencido de esto de las comunicaciones y ahora escribo este libro que espero lean todos, hago comedia y preparo otras cosas que sé serán del agrado de muchos y un ejemplo para mis hijos.

Logo La IUPIFueron cuatro años de estudiante y esa experiencia me durará toda la vida. Me crucé con personas maravillosas que dejaron experiencias enriquecedoras en mi vida. Me robaron el carro y hasta me asaltaron en Santa Rita. Me hicieron reír y devolví el favor en múltiples ocasiones. Buenos profesores, malos profesores y esos que marcaron mi camino por el primer centro docente del país: la IUPI, MI IUPI que tanto amo y respeto.

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Capítulo III: Educación superior

Fue para el verano de 1995, mi graduación de noveno grado y la graducación de sexto de Franceska, que mi hermanita y yo viajamos solitos a casa de mis abuelos en la Florida por varias semanas. A diferencia de mis hijos, mis hermanos y yo no tuvimos la dicha de crecer con nuestros abuelos cerca. Desde que tengo memoria solo veía a mi abuelo una vez al año, aunque siempre estaba pendiente de nosotros. Pero fue en ese verano que pudimos compartir con abuelo José y abuela Santa más tiempo y disfrutar de sus cariños, mimos y rica comida. Fuimos a piscinas y parques y la pasamos de maravilla. Al regresar a Puerto Rico me preparaba para décimo grado; nuevos retos, nueva escuela y algunas cosas que cambiaron mi vida y me ayudaron a moldear la persona que soy hoy día.

Escuela Luis Muñoz Iglesias: donde pasé mi décimo grado y, como interesante dato, donde mis padres cursaron su escuela superior solo algunos – en realidad quiero decir MUCHOS – años antes. Ese año cerraron la pollera, donde cursé mi noveno grado, y compartimos el plantel escolar con los estudiantes de noveno. Básicamente éramos el mismo grupo de compañeros de clase, así que se nos hizo muy fácil acoplarnos en la nueva escuela. Recuerdo que para ese año, el Departamento de Educación dio la orden de que antes de comenzar las clases el maestro o maestra debía tomar algunos minutos para discutir con los estudiantes algún tema que no fuera de la materia estudiada. Nuestra primera clase era matemáticas, y la maestra prefería discutir la materia. Así que la maestra de Estudios Sociales, nuestra segunda clase del día, tomaba unos minutos de su clase para discutir otros temas, según la norma del Departamentp de Educación.

Nosotros, que a pesar de ser aplicados, éramos de igual fomra inteligentes y cuando ella discutía un tema que se prestaba para debatir, aunque estuviésemos de acuerdo con el punto planteado, hacíamos lo posible por debatir. Por ejemplo, una hermosa mañana de otoño – en realidad no recuerdo cuándo – la maestra decidió hablar sobre la pena de muerte. Muy pocos estaban de acuerdo con la pena capital, pero un grupo de estudiantes, Juan Carlos, Julio, Felipe, José Manuel y yo, decidimos al momento apoyar tan terrible castigo. Fue una hora espectacular; hubo discusiones, puntos encontrados, risas, molestias, y lo que no hubo fue clase de Estudios Sociales. Uno de los tantos ejemplos que surgían en la clase.

La clase de ciencia, era espectacular. Muy sencilla, diría yo, y muy divertida, particularmente por nuestro maestro: el señor Castrodad. Debido a su poca estatura y su porte particular le llamaban Chespirito – aunque siempre supimos que era un maestro capaz y conocedor de las ciencias, su forma de ser y hablar era muy graciosa. La clase de Inglés estuvo a cargo de la señora González, quien el año anterior fue asistente de nuestra maestra de la misma materia. Era ella quien mejor nos conocía y, como decimos en la Isla, sabía de qué pata cojeábamos.

Una de las maestras con quien más aprendí fue con la señora Nayda Rodríguez. La maestra de español era diferente a las demás maestras que había tenido en todos los años de escuela. Una señora que, aunque entrada en edad, tenía un estilo de moda particular: pelo negro largo, – el cual no siempre lucía peinado, pero iba con su forma de ser – a veces usaba trajes con un look tropical y otras simplemente usaba mahones, camisas con manguillas u otros estilos fuera de lo normal y siempre con sus aretes o pantallas grandes y sus pulseras ruidosas. Recuerdo que cuando le tocó presentarse antes los estudiantes, nos dejó claro que no le importaba si a alguno de nosotros le molestaba el ruido de sus pulseras. También nos dijo en su voz muy fuerte, pero sin gritar, que para ella “sí existe eso de tener preferencia de unos estudiantes sobre otros. Si eres buen estudiante serás uno de mis favoritos, y si no eres buen estudiante, pues no”. Aprendí muchísimo del idioma que tanto amo y respeto, y del hecho de que una maestra no es más ni menos capaz y competente por la forma que habla o se comporta. Ella era un alma libre y diferente y todos lo sabían. Un día pasaba por su salón y había un niño afuera llamando a otro para que se fuera de la escuela con él – como le decimos en casa, irse a cortar clase. Nayda salió del salón como un guabá, agarró al niño que estaba afuera por la camisa y lo pegó a la pared mientras le decía: “si quieres cortar clase, arranca pal carajo, y corta clase. Pero a mi salón no vienes a sacar a nadie para que se cuelgue igual que tú”. El joven la miraba asustado, y cuando ella lo soltó, se arregló la camisa y bajó las escalera muy tranquilamente. Hoy eso hubiese sido una demanda para la escuela, la maestra y hasta la madre que la parió, pero Nayda decía saber lo que hacía.

En 10mo grado fue que tuve mi primera novia oficial, Jenisse. Una chica hermosa y tranquila, y compañera de clases. Recuerdo que cuando le dije a mis amigos que ella era mi novia, lo primero que se le ocurrió a uno de ellos decir fue: “coño Lugo, ella está muy buena para ti”. Nuestro noviazgo tuvo sus altos y bajos, y se extendió hasta nuestro segundo año de universidad – eso es todo lo que escribiré al respecto por respeto a ella y su familia.

Screenshot_20180402-212855En grado 11, llegamos a la escuela superior Ana Jacoba Candelas y conocimos nuevos compañeros. Llegaron a mi vida nuevas personas con diferentes formas de pensar, pero que encajaron perfectamente con nosotros: Will, Natalie, Linnette, Lourdes, Yoly, Melissa, Charlie, y muchos otros. El círculo de amistades se expandió considerablemente.

Y así como llegaron compañeros y compañeras nuevas a mi vida, llegaron nuevos maestros, de los cuales no todos fueron ni serán nunca de mi agrado. El señor Berríos, el señor Santana y el señor Vega, mejor conocidos como el triunvirato del terror. Tres maestros muy estrictos pero muy conocedores en los campos de Química, Historia y Español, respectivamente. Eso no significa que hayan sido buenos maestros, al menos para mí. Personalmente – y aclaro que es mi forma de ver las cosas que ocurrieron – ninguno de los tres era buena persona. Tengo compañeros de clase que se sienten agradecidos por lo mucho que aprendieron de ellos, pero quien compartió conmigo esos años sabe que nunca los consideré buenas personas. Quizás al día de hoy que escribo estas letras, hayan cambiado sus vidas para bien, pero por muchos años hicieron la vida difícil para muchas personas. Siempre entendí que con al edad que teníamos en ese momento, 16 y 17 años, no podían ser muy tranquilos con nosotros para no perder el control del grupo, pero hubo cosas que no eran necesarias. Se escudaban mucho bajo el manto de que “los tenemos que tratar así porque en la universidad los van a tratar peor y queremos que estén listos” lo cual entiendo que no era la forma correcta de prepararnos. Podría escribir un capítulo completo de los tres chifaldos, pero no quiero darle la importancia que no se merecen.

20180406_144131En una nota más positiva, fue en grado 11 que una grupo de estudiantes y yo fuimos parte de un intercambio estudiantil al estado de Connecticut, específicamente a Pomperaugh High School. Unos meses antes, un grupo de estudiantes de la escuela habían viajado a Puerto Rico, así que del 1ro de 10 de octubre de 1996, para ser más exactos, nos tocó viajar a nosotros como parte del programa de intercambio auspiciado por la escuela y la maestra de Teatro, la señora Rita Flores. La idea fue compartir con estudiantes de la escuela su experiencia estudiantil, además de conocer el estado y ser turistas por una semana. En mi caso, el señor y la señora Foss me recibieron en su casa. Sus hijos, Steve y Jeff, eran estudiantes de Pomperaugh y fui parte de su día y pude conocer la rutina de la familia y la escuela. Además de compartir con los sobre 15 estudiantes que viajamos juntos, poder ver una nueva familia, escuela y modo de vida fue una experiencia enriquecedora.  20180406_144517

Un año más tarde, un nuevo grupo de estudiantes de Connecticut llegó a Puerto Rico y esta vez Steve y Jeff fueron recibidos en mi casa, donde compartieron con nosotros por varios días. Fuimos a San Juan, Ponce y disfrutamos de un día sol en la hermosas playas de Culebra. Esa noche fue un poco complicada en mi casa porque Jeff no entendió por completo el hecho de que en Puerto Rico el sol no solo alumbra para dejarnos saber que es de día, sino que también puede quemar tu piel. Todos los estudiantes eran muy blancos y a pesar de querer broncearse en nuestras playas, se pusieron de rojos, muy rojos al punto que les daba trabajo ponerse las camisas. Así que para mi madre fue preocupante que hubiese tomado tanto sol y se aseguró de ayudarlo con cremas frías a aliviar su dolor.

Y llegó cuarto año, grado 12, mi año de graduando de la clase Salyend 1998 de la escuela superior Ana J. Candelas – sí, ese fue el nombre de mi clase. Bajo el lema de “Amados por siempre, unidos hasta el fin” – siempre me pareció demasiado cursi – hicimos de nuestro último año de escuela uno maravilloso. Hubo fiestas en salones grandes con orquestas famosas en el momento, como Kaos y Giselle, y también otras menos pomposas en casas de alguno de los estudiantes. La famosa Fuga fue espectacular. Siempre me aseguré que mis padres supieran para dónde íbamos e igual de importante, con quién estábamos.

Screenshot_20180402-213150Si mal no recuerdo, la fuga fue un jueves en la mañana. Todos nos presentamos a la escuela y la idea era sonar la chicharra a las 9:00 de la mañana, y todos a correr. Pero se nos estaba complicando la cosa; a las 8:45 caminé por los pasillos de la escuela para ver si todo estaba más o menos en orden, cuando me percato que el portón principal que estaba al lado de la oficina del director estaba cerrado. Así que decidimos que, si al sonar la chicharra a las 9:00 el portón estaba cerrado, saldríamos por la parte de atrás del edificio y salir de la escuela por el portón principal. Y así fue. A las 9:00 sonó el timbre indicando el cambio de clase, salimos de los salones y nadie salió de la escuela hasta que uno de nuestros compañeros apretó aquel pote y se escuchó la chicharra en toda la escuela; y a correr se ha dicho. Al encontrarnos en Caguas, nos enteramos que el portón lo habían abierto y que uno de los estudiantes le dijo a la Orientadora que el punto de encuentro era en el restaurante Los Dos Mangoes, en Cidra, lo cual fue para que ellos fueran a esperarnos allí mientras nosotros condujimos al lado contrario. Un plan exitoso, diría yo.

Pero como para cada acción hay una reacción igual u opuesta, el lunes cuando regresamos a la escuela, el director se presentó a nuestro salón con una lista con los nombres y apellidos de cada uno de los estudiantes que fuimos a la fuga. La lista, según nos enteramos más tarde, había sido escrita por dos estudiantes que serían suspendidas una semana por haber participado del julepe. Ellas hicieron la lista, pero de todas formas fueron suspendidas, así que les tomaron el pelo. De más está decir que nos suspendieron por una semana, pero en realidad no perdimos mucho material en cuanto a las asignaturas, ya que casi todo cuarto año tuvo la semana libre. Así que lo tomamos como un premio por escaparnos.

Screenshot_20180402-214022Y pasaron los meses, las actividades, las fiestas, los deportes y cumpleaños. Y se sumaron las experiencias, las clases y los buenos momentos hasta mayo de 1998 cuando celebramos, en el estacionamiento del parque de béisbol del pueblo de Cidra, nuestra graduación. Caminamos de la escuela hasta la Parroquia Nuestra Señora del Carmen en la plaza del pueblo a recibir la bendición del sacerdote, luego comimos pizza y nos tomamos fotos y llegamos a nuestro destino final. Una actividad hermosa y llena de llanto y alegrías. Y estábamos listos para irnos de la escuela. Birretes en el aire, abrazos y más fotos – con cámaras de rollo porque no habían celulares con cámara en ese tiempo.

Screenshot_20180402-213627Días más tarde celebramos nuestro Class Day y en junio botamos la casa por la ventana con nuestro Senior Prom, o Class Night. Todos bellos, bien vestidos y perfumados, bailamos al ritmo de Grupo Manía y los Hermanos Rosario. ¡Una noche para la historia! Y así terminó uno de los periodos de mayor crecimiento en mi vida. No solo porque crecí varias pulgadas más, sino por todo lo que me trajo la vida en ese tiempo. No todo fue alegría en mi cuarto año de escuela superior; mi hermano se fue a la Universidad a dos horas de distancia, lo cual fue un poco difícil para mí porque siempre lo tenía al lado mío molestándolo y eso, me operaron del apéndice y para colmo de males, mis padres comenzaron un proceso de divorcio. Este último fue difícil para mí ya que veía a mi madre llorar más de lo normal (porque ella normalmente llora por todo) y a mi papá hacerse el hombre y quejarse por lo que fue o lo que no pudo ser.

Me encantaría escribir más de todo lo vivido durante esos años, pero tendría que escribir otro libro solo de esto, así que podemos hablarlo en privado ustedes y yo. Hubo maestros que me ayudaron a mejorar quien era y dar lo mejor de mí, hubo compañeros que llegaron a mi vida para quedarse por siempre (Mónica, Will, Yolanda) y hubo situaciones que me hicieron ver que la vida no es simplemente levantarme todas las mañanas e ir a la escuela. Aprendí, reí, lloré y todo eso, lo bueno y lo menos bueno, se resume en crecimiento. En junio de 1998 terminó una etapa, mientras me preparaba para una de las experiencias más importantes y enriquecedoras de mi vida: la universidad.

Capítulo II: “Cual bandadas de palomas…”

“Cual bandadas de palomas que regresan al vergel, ya volvemos a la escuela anhelantes de saber.” Verso del poema Regreso a la escuela por Virgilio Dávila.

1cef7bfa344001f84f18d79dbb12f90dLuis Muñoz Rivera, Jesús T. Piñero, Luis Muñoz Iglesias y Ana J. Candelas no fueron solamente personas importantes para la historia de mi Isla, sino que son los nombres de las escuelas a las cuales asistí durante mis 13 años de estudiante en mi pueblo de Cidra. En esas escuelas públicas crecí y aprendí con menos de la mitad de las comodidades que disfrutaban y siguen disfrutando muchos colegios privados. Allí sobreviví lo que hoy se conoce como “bullying” y en momentos fui uno de esos buleros también. Miles de historias me acompañan hoy día y otras que recuerdo cuando me uno con mis amigos a hablar de los “mejores tiempos”.

Comencé Kindergarten en el salón de la señora Vázquez en la Escuela Luis Muñoz Rivera. Allí conocí a José Merced, Amanda, Gabriel y otro fracatán de niños. Algunos de ellos se conocían desde Pre Kinder, pero para mí era la primera vez que estaba en la escuela. Ahora que tengo hijos, puedo imaginar la cara de alegría y las lágrimas de mi mamá cuando me puse el uniforme – pantalón corto azul y camiseta roja – para salir caminando hasta mi escuela. Mi escuela elemental estaba justo al lado de la intermedia y podíamos entrar a la primera por el portón de la segunda. Mi casa era justo al lado de la intermedia y había un portón a varios pasos de mi casa. Pero, si mal no recuerdo, no entrábamos por allí porque no siempre estaba abierto (este relato podría cambiar dependiendo de lo que me aclara mi madre). Pero la escuela era muy cerca y recuerdo que mi madre me llevaba.

12036850_989666204429342_6066163193578376091_nLas clases de Kinder eran en la mañana y en la tarde. Todos empezaban por la mañana y si la maestra entendía que unos tenían unas destrezas un poco más adelantadas, los movía entonces a la clase de la tarde. A pesar de todo el trabajo que me dio en aprender a recortar – que aún no sé hacerlo correctamente, en serio – me movieron a la clase de la tarde. Y allí fue que conocí a una niña hermosa, la Nela, como le decía Benito Pérez Galdós a la protagonista de su libro. A esa edad, cinco años, uno no sabe nada de amor, pero sí cuando una niña le parece linda, lo cual era mi caso. Además de la Nela, recuerdo que jugábamos mucho con bloques y dormíamos, lo cual se hace en Kinder el día de hoy.

Primer grado, señor Arriaga. Lo recuerdo con su bigote y su pelo canoso. Un hombre alto y de una voz diferente; no era grave ni suave y el timbre era un poco agudo. Básicamente el primer grado fue con los mismos compañeros de Kinder, así que el proceso fue más llevadero. Recuerdo que frente a los salones de primer grado había un árbol grandote y alrededor de su tronco había una rueda, llanta o goma de carro donde siempre jugábamos. Nunca he podido olvidar el día que hice algo malo – aunque no recuerdo exactamente cuál fue la falta – que el míster Arriaga me haló la patilla (ese pelo que está ahí al lado de la oreja). Ufff… fuerte ese dolor. La maestra de inglés, para mi dicha, era la señora Luna. Una señora no tan mayor como el maestro, pero bajita como mami. ¿Por qué escribo “para mi dicha”? La señora Luna era la madre del angelito bello que conocí en Kinder. Y sí, la Nela estuvo conmigo también en primer grado. Así que todo era felicidad.

Mi padre no siempre podía ir a buscarnos a la escuela, pero los días que lo hacía era para mí unamaravilla. El horario de clases era de ocho de la mañana a tres de la tarde, y cerca de la hora de salida, ya comenzábamos a ver a nuestros padres en los alrededores del salón. Aún tengo la imagen de uno de los días que papi me fue a buscar. Yo en el salón y verlo afuera me dio una emoción enorme. Y sé que al momento que vio mi cara, mi viejo sintió una gran alegría porque es la misma cara que pongo yo cuando mis hijos se emocionan al recogerlos en la escuela.

La señora Jiménez fue mi maestra de segundo grado; una señora grande, fuerte y muy estricta. Nos gritaba muchísimo. Uno de los estudiantes, Joel, era bastante desobediente y a veces un poco malcriado. Eso, combinado con la poca paciencia de la maestra, era una combinación terrible. Jiménez, tenía una yarda – un pedazo de madera de 36 pulgadas – y con ella le daba a Joel, mucho. Creo que aún estoy traumado por eso. Fue la primera vez que recuerdo haber visto a una maestra golpear un estudiante, pero eran otros tiempos. Fue en este grado que me disfracé de Drácula – un disfraz bien hecho y cara pintada y colmillos de mentira – y asusté mucho a mi prima Nérika. Eso aún sigue siendo una historia divertida. Fue en tercer grado que comencé a ver y, más aun, a entender los problemas que enfrentaba el Departamento de Instrucción Pública – nombre que tenía en ese momento – en el sistema de escuelas del país. Mientras vamos creciendo, notamos o prestamos atención a algunas cosas que no pensábamos que existían. Mi maestra, la señora Hernández, además de ser la maestra de las materias regulares, tenía que también ser la maestra de inglés. Aunque su disposición era genuina y se preocupaba por sus estudiantes, no sabía tanto inglés como para enseñarnos. Así que ese año escolar no fue muy bueno en lo que se refiere a nuestra clase de inglés.

Los grados cuarto, quinto y sexto fueron repletos de nuevas experiencias; en estos grados comenzamos a cambiar de salón. Seis maestros diferentes, cada uno con su materia. Los tres grados los maestros fueron básicamente los mismos, así que nos vieron crecer y, como estudiantes, sentimos, según mi punto de vista, un lazo más especial con ellos.

Quienes me conocen, saben que puedo ser, por falta de una mejor palabra, un poco fastidioso, pero eso pasó más tarde de escuela elemental. Aunque siempre estaba bromeando y tratando de hacer reír a mis compañeros, si un maestro me regañaba para mí era una vergüenza. La señora García, mi maestra de español, estaba un día hablando sobre las palabras agudas, llanas y esdrújulas. Ya ella nos había hablado al respecto en clases anteriores y dominé el tema rápido por varias razones: me gustaba esa parte de la clase y mami era tan estricta en esto de escribir correctamente que me sentó varios días a explicarme cómo se acentúan las palabras y la sílaba tónica y la fuerza de pronunciación y… bueno, ustedes entienden. Regresando al salón de clases, misis García nos explicaba una de las formas más fáciles para entenderlo y yo, sentado en una silla en la parte de atrás, hice un gesto con la cara dejando saber que dominaba el tema. “Lugo, si es tan fácil para ti, pues coge las cosas y te vas” me dijo la maestra. Miré a mi compañero Elvis, cerré la libreta y cuando estaba a punto de guardarla, vuelve a gritar: “Y, ¿para dónde vas?” Le dije que estaba siguiendo las instrucciones y se molestó. Llamó a mami a que fuera a la escuela y obvio que me regañaron en casa también. “Pero si yo me lo sabía”, le dije a mami. En fin, todo terminó ahí, pero de verdad que me asusté ese día por el regaño de la maestra y por botarme del salón, y por molestarse cuando me iba del salón…

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Gabriel, Ángel David y yo en nuestra graduación de sexto grado

Y llegué a la escuela Jesús T. Piñero a séptimo grado. Fue ahí donde a muchos de mis compañeros de los grados anteriores los pusieron en otro salón. Dado que solo había una escuela intermedia en el pueblo, los jóvenes que venían de las escuelas del campo llegaron a la intermedia conmigo. Ahí conocí a varias personas que al día de hoy considero familia.

No recuerdo que hayan sido años difíciles, pero si les preguntan a mis padres, ellos podrían decir lo contrario. En mi salón estaban quienes mejores notas sacaban en la escuela, pero quienes más hablaban y molestaban a los maestros. Los grados séptimo y octavo los cursé en la misma escuela, pero, por falta de espacio, cuando pasé a noveno grado nos cambiaron de escuela. En realidad no recuerdo el nombre de la escuela – creo que no tenía, ahora que lo pienso – pero todo el mundo en el pueblo le decía “la pollera”.

20140921-escuela-elemental-regino-vega-cidraEn la pollera solo estaban los estudiantes de noveno grado, así que todos nos hicimos más cercanos y aprendimos a disfrutar todos juntos. Pero, en cuanto a mis compañeros de clase, la escuela cometió un error. En octavo grado habían dos grupos de estudiantes que sacábamos buenas notas, pero en cuanto a conducta no éramos los mejores. La escuela decidió que para noveno grado dividirían ambos grupos y los harían mejor. El error fue que pusieron en el mismo salón a los que tenían mejor conducta y en mi salón a los que su conducta no era tan buena. Nosotros los estudiantes disfrutamos mucho ese año, pero los maestros, no tanto. A una semana de clases ya el maestro de matemáticas nos había amenazado de colgarnos si seguíamos con esa conducta y la maestra de inglés estaba a punto de un ataque de nervios. Así que decidieron reunir a nuestros padres para contarles lo bien que nos estábamos portando y las posibles consecuencias. Después de esa reunión la situación mejoró un poco y puedo decir que al día de hoy cuando veo a esas maestras en la calle, las beso y las abrazo con mucha alegría ya que aprendimos y crecimos mucho ese año.

La escuela elemental para mí fue maravillosa. No solo recuerdo a la Nela, sino lo mucho que jugábamos y corríamos por el plantel escolar. Recuerdo el conito de papas con ketchup de casa de Ismael, los limbers de cherry de la tienda que tenía mi tío Ñañe, atendido por mi primas Yolanda, Sigma y Eli, los juegos de gallito, trompo y canicas y a doña Luz regañándonos por estar tirando basura en la escuela.

En la escuela intermedia se crece de otra manera; comenzamos con la adolescencia y todo lo que significa para nosotros. Comenzamos a creer que lo sabemos todo y que somos lo más importante del mundo. Nuevos amigos, nuevas experiencias de vida y esos maestros que vieron en nosotros una chispa de talento e hicieron más de lo necesario para que pudiéramos mantenernos en un buen camino y con buenas actitudes. Sé que la experiencia no fue igual para todos, pero sí lo fue para mí. A estas edades ya las chicas no son esos seres con los cuales no podemos compartir, sino esos seres hermosos que no podemos dejar de mirar. Y se habla de sexo y todas las construcciones erróneas del tema, los mitos y realidades.

Nuestra graduación de noveno grado fue excelente; logros alcanzados y etapas finalizadas. Y así, luego de un verano maravilloso, comencé una nueva etapa en la vida.

 

Capítulo V: “Hijo fuiste, padre serás”.

IMG_8492Como niños, siempre les decimos a nuestros padres que queremos ser adultos. Ya sea porque queremos hacer lo que no dé la gana o que estamos cansados de que no nos dejen hacer nada porque somos niños. Ni hablar pueden los niños, porque “los niños hablan cuando las gallinas mean”. Vamos poco a poco creciendo, viendo cómo es el mundo a nuestro alrededor y cómo son las personas y situaciones que se presentan en ese mundo.

Ese crecimiento no solo se compone de aumentar en tamaño; no es solo tocar el marco de la puerta de un brinco o de mirar por la ventana sin tener que pararnos en el mueble, tal como lo hacíamos mis hermanos y yo. Al crecimiento se le añade el dolor, la pena, la alegría, la sorpresa y que nos dejen de gustar los programas de niños – menos el Chavo del 8 – y comiencen a gustarnos las nenas. También el momento en que notas que tienes vellos debajo del brazo, debajo de la nariz y debajo del calzoncillo, o como diría mi hermana, pelos en los güevos (ya imagino a mami leer esto y decir: ¡ave maría, Franco! Además de la súper carcajada de mi hermana).

En cuanto al crecimiento por dolor y sufrimiento, todos hemos tenido de esa categoría. Desde darse cuenta que los padres pelean, cuando en realidad pensábamos que eso no pasaba, muertes de familiares o amigos y desilusiones amorosas. Esos dolores y ese sufrimiento, luego de un tiempo, son los que nos enseñan a sobrepasar los mismos problemas si se presentan más adelante. Son las herramientas que nos da la vida para seguir luchando y enfrentarnos al mundo que nos rodea. Para usar un ejemplo más familiar, es como cuando tu papá usa diferentes herramientas en su trabajo de electricista, pero nunca sabe dónde las deja. Para el próximo trabajo, al saber que siempre las deja perdidas, usa entonces un cinturón donde se acomodan fácilmente. La vida te da las herramientas y las usas cuando las necesites; siempre estarán en tu cinturón.

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Yes, Mr. President!

Aún recuerdo la primera vez que escuché a mis padres discutiendo. Aunque no recuerdo exactamente la razón que dio pie a esa discusión, recuerdo haberme sentido triste pensando que no se amaban. Mis padres siempre trataban de que las discusiones no fueran frente a los pequeños ya que ese tipo de estrés no es necesario para un niño; esa preocupación no ayuda al crecimiento saludable de un niño, al menos eso dicen los expertos. Las desilusiones amorosas siempre estaban. Aunque no lo crean, hubo un momento de mi vida en el que fui tímido. Y cuando se trataba de hablarle a una niña que me gustara, me daba mucho trabajo. En lo momentos que lo hacía y le dejaba saber que me gustaba, siempre me decían que me querían como amigo. PARÉNTESIS: No hay nada más doloroso para una persona que esa a quien amas, o quien te mueve el piso, te ponga en la zona de amigos o “friend zone”. Es lo peor que puede pasarle a un enamorado. Trauma compartido, continuamos con el relato.

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Mi primera novia oficial, mi amor de escuela, lo fue Jenisse, la chica tímida de Santa Clara. Estuvimos varios años de novios mientras estuvimos en la escuela superior y dos años de universidad. Tengo mil y una historias que podría contarles sobre ese tiempo, pero no es parte de este capítulo. En otro momento saciaré su sed de saber sobre ese tema. Luego, en los primeros años del nuevo milenio, conocía Jessica, la compañera de apartamento Mónica. Tenía un carácter de armas tomar, pero un corazón enorme. Entre una cosa y otra, y para resumir tantos años de historia, después de graduados de universidad y con nuestros respectivos trabajos, decidimos irnos a vivir juntos. A principios del 2005, y por insistencia mía, se hizo la prueba de embarazo que venden en la farmacia. “Lugo, no quiero mirar. Dime tú, qué salió”, me dijo después de hacerse la prueba casera. Esa línea se marcó al instante dejándonos saber que estaba embarazada, pero siendo el tipo de persona que soy, quise esperar unos segundos más a ver si cambiaba el panorama. El único cambio que hubo fue el color de la línea que hasta un daltónico se hubiese dado cuenta de ella. Jessica estaba embarazada. ¡Yo me convertiría en padre! La primera reacción no fue de tanta alegría. Jessica lloró y llamó a su mamá para contarle. Hubo un poco de miedo sobre la reacción de los Velez Calderón, pero todo fue alegría.

Fue mi turno de llamar a los Lugo Rivera. Algo me dijo que dialogara con papi antes de llamar a mami. Varios años antes, mi hermano se convirtió en padre y eso en casa fue grande. El primer hijo de mi hermano, luego si primera hija, los primeros nietos de mis padres, mis sobrinos, Francisco Andrés y Andrea Valeria. Fue un poco fuerte el proceso ya que mi hermano aún estudiaba en la Universidad y los padres siempre quieren que sus hijos hagan las cosas mejor de lo que lo hicieron ellos. Tenía el miedo de decirle a mami porque, aunque ya tenía mi trabajo, no me había casado. Llamé a papi y me di cuenta que nos parecemos más de lo que pensaba; al decirle que Jessica estaba embarazada, comenzó a reírse y me dijo: “deja que tu mamá se entere. Llámala.” Así lo hice. La llamé y su reacción fue maravillosa; llena de alegría, lágrimas – como siempre – y más alegría. Las familias se enteraron, todos celebramos y comenzó el proceso de expectativa, miedo, alegría y preocupación que dura toda la vida.

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“Que chiquillo tan bonito, ese pelao”.

Después de un hermoso proceso de embarazo, antojos – de mi parte – desvelos y caminatas para que el bebé se acomodara como debía, el 23 de noviembre de 2005 nació un cachetón hermoso: Daniel Antonio Lugo Girau. Escoger el nombre fue un proceso divertido. Mi hijo debía tener un nombre único o que fuera combinación de nombres de alguien a quien respetáramos. Así las cosas, le pusimos el segundo nombre de nuestros hermanos varones: Daniel por mi cuñado y amigo Tomás, y Antonio por mi hermano y modelo a seguir, Junito (Juan es su nombre de pila). Desde ese entonces la canción “El nacimiento de Ramiro” de Rubén Blades suena en mi radio todos los años y siempre se me hace un nudo en la garganta cuando la canto (hasta Daniel se sabe la canción).

Ver a un niño crecer es un proceso hermoso, pero cuando ese niño que crece es tu hijo, el proceso toma mayor importancia. Inculcarle valores, religiones, acompañarlo en sus primeros pasos y caídas es una responsabilidad que no puede describirse en unas cuantas líneas. El proceso de aprender a hablar, cuando solamente sus padres entienden sus balbuceos, sus dolores por pequeños que sean le duelen a sus padres y sus risas contagian a todos. Estaba listo para ser padre y sabía que sería un buen padre, ya que mis padres lo fueron conmigo y se encargaron de que entendiera la responsabilidad que representa traer un niño al mundo.

fullMi relación con Jessica terminó dos años después, pero el amor que tenemos por nuestro cachetón le gana a cualquier cosa. Decidimos separarnos, un proceso fuerte para ambos, pero acordamos que yo llevaría a Daniel al cuido en ese momento y que estaría conmigo algunos días de la semana, además de todos los fines de semana. Así ha sido desde entonces. Recuerdo cuando lo llevé a la Pre kínder por primera vez y sentí lo que mi madre sintió la primera vez que nos llevó a nosotros: lágrimas bajar por mis cachetes. Daniel lloraba todas las mañanas que yo lo llevaba a la escuela y eso me mataba. Una mañana, una madre de una de las compañeras de clase de Daniel me dijo que no me preocupara ya que tan pronto el niño dejaba de verme, el llanto se detenía. Así que me di cuenta que desde pequeños tratamos de engañar a los padres para lograr lo que queremos.

imagejpeg_2_25En el 2007, conozco a esta chica que trabajaba conmigo en un periódico de negocios del país. Al principio, la chica no me caía nada bien; hasta su caminar me decía que era una antipática come mierda. Después de varias conversaciones, y de ella soportar mis chistes, salimos. En resumen: salimos, la lleve a comer mantecado, nos enamoramos, me obligó a llevarla a vivir conmigo, nos casamos y, claro está, quedó embarazada. Mi segundo hijo estaba en camino. Ya Daniel tenía cinco años y éramos una familia unida y comprometida con el bien de los niños. El embarazo, al igual que el embarazo de Jessica, fue un proceso increíble; diferente en cierto modo, pero de crecimiento para todos. Lo doloroso fue el parto. Pero, después de una tarde y noche de dolor del 30 de septiembre de 2011, llegó el otro cachetón, Fabián Antonio Lugo Hernández. Para mí, Fabián es el segundo hijo, pero es el primer hijo de Gina – el que ella trajo al mundo, porque siempre ha sido la segunda madre de Daniel. Hasta cierto punto, ya sabía que esperar y qué le pasaba a Fabián en ciertos momentos. Esas herramientas que me dio la vida con Daniel, pude usarlas en diferentes momentos para ayudar a calmar a Gina y a tomar mejores decisiones.

Cierto día estaba en la casa de mis padres en Cidra con Gina, y Fabián se cayó y se dio un golde en la cabeza. Lo levanté rápido y verifiqué que estuviera bien. Al haber visto tantas caídas de Daniel pude ver que Fabían tendría un chichón y que lloraría un rato; nada que un poco de mantequilla con sal en la frente no pudiera resolver. Pero para Gina fue un momento horrible. Se lo llevó al cuarto a calmarlo y luego de unos minutos, cuando voy a ver cómo está el niño de las pestañas largas, él se había calmado un poco y mamá lloraba desconsolada. Fue entonces que me di cuenta lo que me pasó tantas veces con Daniel; los golpes, caídas, llantos, enfermedades me destruían. Y aunque es igual con Fabián, ya tengo la experiencia para saber qué le puede estar pasando y cómo responder.

Fabián es un niño hermoso, tierno y muy cariñoso. Para mí es la misma cara de su madre pero tiene bastante de mi forma de ser. Estuvo unos días en el hospital luego de su nacimiento, pero todo continuó muy bien. Al igual que a Daniel, me encargué de que aprendiera a mirar serio, que sonriera y le dijera a todos que es de papi. Acostarlo a dormir siempre ha sido hermoso y que me despierte de un golpe en el pecho me deja saber que estoy vivo.

imagejpeg_2_51“Hijo fuiste, padre serás” debe estar seguido de “así como tus padres aprendieron, así aprenderás”. La única forma de que un hijo pueda entender a sus padres es convirtiéndose en padres. No tuve la dicha de criarme junto a ninguno de mis abuelos, pero mis hijos si la han tenido. Siempre le dejo saber a Daniel que no se deje engañar por mi madre, ya que esa abuela que le deja comerse todo lo que él quiera no es la misma mujer que me crio. Daniel me mira y se ríe, además de decirme que eso no es problema suyo. Fabián adora a sus abuelos y, al igual que su hermano y sus tres primos, trata de tocarle el bigote a su abuelo (a papi no le gusta que le toquen el bigote porque le da cosquillas). A papi, por su parte, le encanta molestar a los nietos, igual que lo hacía con sus hijos. Siempre, cuando son pequeños, suele ponerle una pelota en la espalda por la camisa y disfrutar sentadito del trabajo que le da al niño o niña quitarse la bola de la espalda. Eso nunca le funcionó con Fabián. No porque él no pudiera quitarse la bola de la espalda, sino porque simplemente no se molestaba. La dejaba ahí y seguía con sus juegos.

20170618_082844Al día de hoy que escribo estas líneas, Daniel tiene 11 años y Fabián, cinco, y son niños felices e inteligentes. No ha sido un proceso fácil esto de ser padre, pero sí muy satisfactorio. El amor no le ha faltado a ninguno, ni la comida, ni los regaños. Sus madres los aman y también sus abuelos y tíos y tías sanguíneos y políticos. Esos niños son el mejor regalo que me ha dado la vida y vivo orgulloso de lo que son. Me emociona verlos despertar en las mañanas y me alivia cuando se acuestan a dormir después de un largo día de juegos. La vida me regaló dos hijos de dos madres diferentes, y al mismo tiempo me dio dos mujeres que aman a mis hijos y se preocupan por los otros hijos de cada una. Yo no crecí con mis abuelos y mis hijos tienen abuelos y abuelas para escoger.

20170618_083408(0)Sé que aún me falta mucho por recorrer en este camino, y papi siempre me lo recalca: “No te preocupes, eso es para toda vida. Mírame a mí, tú tienes 37 años y todavía estás molestándome”. Las historias son muchas, las risas y carcajadas por los inventos de esos dos niños son aún más. Espero poder escribir un poco más al respecto en otra ocasión y de seguro les contaré a ellos durante los años que nos esperan por vivir.

 

No hay día que no agradezca lo afortunado que soy de tener los hijos que tengo y todo lo que ellos representan. Ser un buen padre no es fácil, pero vale la pena cada una de las noches de desvelo, de las lágrimas y las visitas al doctor. Esas sonrisas iluminan mi día y calman mis noches. Ya sea jugando lucha libre con Daniel o aguantando golpes de Fabián porque es Hulk, mis hijos son mi mayor tesoro.

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Capítulo I: “Mi barrio era un continente”.

Según información que conseguí en la red, los números cinco, 25 y 1980 revelan que mi camino de vida es el número tres. Este representa visión, imaginación y alegría de vivir. Esa página me dice además que poseo un gran talento para la creatividad y la expresión. Pues ese fue el día de mi nacimiento: 25 de mayo de 1980. Ese mismo día, pero en otro año nació Jeff Bridges y también Frank Oz (quien hace la voz de Yoda en la primera entrega de la película Star Wars).

15541596_196526557476647_2317720124440701798_nJosé Francisco Lugo Rivera: el segundo de los tres hijos de Juan Antonio y Eileen Ivette. Mi hermano mayor se llama como papi, porque con alguien tenía que desquitarse, y mi hermanita, Jaleen Franceska, nació tres años después de mí. Nacimos en un hospital en Caguas pero nos criamos en el pueblo de Cidra. Unos años en el Cielito (en el centro del pueblo) y la mayoría de los otros en Treasure Valley, por allí cerca de Don José. También vivimos en el barrio Rabanal, pero apenas fue una semana, quizás menos (afortunadamente).

Mi niñez fue bastante buena, diría yo. Crecí con mis hermanos, fui a la escuela, hice maldades que en ocasiones pasaban desapercibidas porque siempre hacía reír a alguien (de adulto eso no funciona) y saqué de quicio a mi hermano muchas veces – ese es mi trabajo como hermano del medio. Recuerdo las navidades y algunos de los regalos, y disfrutaba de levantarme los sábados en la mañana a ver muñequitos como He-Man, los Thundercats y los Muppet Babies.

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¡Mira ese nene… qué bello!

Recuerdo cuando mami me llevaba a la escuela y también el día en que no me fue a buscar. Siempre uso esta historia cuando mami habla de algo de la niñez y siempre es para molestarla, lo cual hace como 30 años dejó de funcionar. Yo cursaba el Kinder y la escuela era literalmente al lado de mi casa. Pero caminando podrían ser cerca de 10 minutos, más o menos. Obviamente, me sabía el camino y todo el mundo en el barrio conocía a los hijos de Juan Lugo, así que no había forma de que me perdiera. Mami me llevó al salón en la mañana y le tocaba buscarme a medio día. Llegó la hora en que se supone que mami estuviera allí y cuando me di cuenta que no estaba, decidí caminar hasta casa. Diez minutos más tarde estaba yo en casa y al abrir la puerta y saludar a mi madre, ella casi se muere del susto. Según recuerdo, y ella dirá una versión que le convenga más a ella, mami estaba limpiando la casa y entre tarea y tarea del hogar, se le hizo tarde. Recuerdo que me abrazó y me besó y yo no entendía porque tanto escándalo. En fin, mi madre me dejó perdido ese día en la escuela.

Papi trabajaba en la Junta de Inscripción Permanente (JIP) en Cidra y después de varios años, dejó ese trabajo por una mejor oportunidad y mami tomó su lugar en la JIP. En ese tiempo no me pareció una buena idea porque cuando yo salía de la escuela llegaba a casa, recibía un beso y un abrazo del amor de mi vida y me dedicaba entonces a hacer asignaciones, pelear con mis hermanos y comer la rica comida de mami. Al sol de hoy el olor en esa cocina me vuelve loco. Al otro día me levantaba, desayunaba, molestaba a mis hermanos y mami nos llevaba a la escuela, besos y abrazos y eso era un buen día. Cuando uno va creciendo se va dando cuenta que era súper necesario que mami trabajara ya que debíamos mudarnos de la casa que compartíamos con mi tío Piro porque no cabíamos y el sueldo de papi no era suficiente para eso.

10417788_1113260885356060_7267783779022143336_nNos mudamos entonces a Treasure Valley; una casa de tres cuartos en una urbanización donde vivían algunos de mis compañeros de escuela y habían muchos niños de nuestra edad. Allí conocí lo que era esperar la guagua cada mañana para llegar a la escuela y cogerla cada tarde para regresar. Mami trabajaba frente a la escuela y siempre nos llevaba almuerzo y comíamos en la cocina de la oficina, lo que para mí era buenísimo ya que no como muchas cosas que la mayoría de la gente disfruta (dile changuería si quieres).

emgn-worst-job-commutes-pic-5La tarde era divertida desde mi punto de vista de niño. Cuando no nos quedábamos en la oficina con mami hasta que papi nos buscara, nos íbamos e la guagua hasta la urbanización, y eso era una odisea. La guagua llegaba y habíamos más de 20 personas tratando de montarnos y todos queríamos entrar a la misma vez – como los videos esos de los chinos tratando de montarse en el tren. Si mi hermano se montaba, me tenía que montar yo porque las instrucciones eran que ambos nos teníamos que montar en la guagua juntos. Al llegar a casa, siempre pasaba una de dos cosas: mami nos daba la llave y entrábamos con calma o le decíamos a Olga, nuestra vecina, que nos abriera la puerta con el cuchillo. Ella tardaba menos con el cuchillo que lo que tardábamos nosotros con la llave; así de buena era ella con nosotros y siempre nos echaba un ojito. Nos cambiábamos de ropa más rápido que ligero y “verificábamos” las tareas antes de irnos a la cancha que estaba en nuestra calle. Hacíamos las asignaciones, casi siempre, y a jugar a la calle con el resto de los muchachos.

Cuando mami llegaba de trabajar, a veces con papi o su compañera de trabajo le daba pon – porque mami no guía – le tocaba entonces hacer comida, verificar que las asignaciones estuvieran hechas, preparar todo para el próximo día escolar, asegurarse que comiéramos todos juntos en la mesa y acostarnos a dormir. Unos días eran más complicados que otros, pero básicamente esa era la rutina. Todo el mundo en la cancha se enteraba de nuestro segundo nombre cuando mami nos llamaba a comer. Como es normal, a los niños no le gusta parar de jugar o divertirse. A la hora de comer mami salía al balcón y nos llamaba. “Junito, Frankie, vengan”, una vez. La segunda, la misma historia. La tercera cambiaba de cuento de hadas a película de misterio: “José Francisco, ven AHORA”, me gritaba fuertemente. En ese momento dejábamos todo y salíamos corriendo sabiendo que nos esperaba al menos un regaño o cantaleta. Estoy seguro que la mayoría de ustedes, mis lectores, están familiarizados con esto.

Un hermoso día de primavera, el 22 de marzo de 1991 – o quizás 1992, no estoy seguro – nos reunimos todos los jóvenes de la urbanización. Era día feriado en Puerto Rico, ya que se celebra el Día de la Abolición de la Esclavitud. Éramos más de 10 muchachitos entre las edades de 11 a 15 – estaba mi hermano, José César, Carlos, Robertito, Kiko el Tribil, Sammy, Yadiel (creo) y otros jóvenes. Decidimos ir de un extremo de la urbanización a otro en bicicleta y lo divertido era que en el extremo donde comenzamos era una cuesta larga y no había que pedalear tanto para bajar. Mi hermano no quería que yo fuera, pero como él no es mi papá (como todos los niños se dicen siempre), me incluí en la aventura – como los Goonies. Llegamos todos juntos hasta abajo, sin problema ninguno; una travesía llena de velocidad como por tres o cuatro minutos.

Al llegar al extremo final de la urbanización, era momento de acabar la aventura. Pero no sabía que el destino tenía algo planeado para mí (parece introducción de una novela de Univisión). En el lugar que decidimos reunirnos para regresar, José César bajó en su bicicleta primero que yo y luego era mi turno. Al bajar, José César se atravesó y la goma delantera de mi bicicleta chocó con la suya, y salí volando hacia adelante y caí de cabeza en una alcantarilla. Todos asustados me ayudaron a levantar, y yo, tranquilo. Hasta que me toqué la cabeza y mi mano se llenó de sangre. El mundo se detuvo. El miedo invadió mi mente. ¿Me habré cortado hasta casi tocar el cerebro, o habrá sido solo un rasguño? ¿Me dejará mi madre seguir viviendo o me castigará hasta cumplir 100 años en un calabozo oscuro y con comida mala, como arroz con salchichas?

images (1)Un vecino que pasaba por el área me llevó a casa. Recuerdo claramente que grité como si me hubiesen arrancado un brazo cuando vi la sangre. De más está decir que mami por poco se muere cuando me vio llegar llorando y con sangre – en realidad era poca sangre, pero seguía siendo sangre. Me llevó al hospital, donde me atendieron rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, llenos de lágrimas porque yo era un llorón, estaba en casa. Al llegar a casa, mami decidió castigarnos a mi hermano y a mí por un mes, UN MES. ¿Por qué me va a castigar si lo que tuve fue un accidente? Una de las contestaciones más fáciles y que me dolió más que el golpe en la cabezota: Nos fuimos sin permiso a correr bicicleta por un área lejos de casa. Y, ¿por qué castigaron a Junito conmigo? Porque él es el mayor y no debió haberme dejado ir. Por eso, los dos castigados solo 30 días de una hermosa primavera, incluyendo sábados y domingos.

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Muchos años después, la amistad sigue…

Tuve la dicha de crecer donde crecí y con la gente con quien crecí. Los días de verano, mientras todos los chicos estábamos de vacaciones eran espectaculares. Siempre había algo qué hacer y nunca estabas solo. En mi caso tenía a mi hermano, aunque él no le gustara mucho la idea. No quiero que piensen que Junito era un mal hermano; era un niño normal que le molesta que para todos lados que iba, su hermano menor iba detrás de él. Esos días calurosos de verano jugábamos baloncesto en la cancha, donde siempre había una que otra discusión, jugábamos pelota (béisbol) bajo el sol candente de nuestro parque y cualquier cosa que se nos ocurriera. Y en las noches, no muy tarde, mis padres sacaban una soga larga y hacíamos competencia de brincar cuica; a veces los varones contra las hembras y mami y papi siempre brincaban. Creo que por eso es que me gusta brincar cuica; me remonta a mi niñez.

Una etapa muy buena para mí fue cuando, guiados por nuestra amiga Haydee, se hizo especie de Talent Show en el Centro Comunal de la urbanización. Para ese tiempo estaba de moda Francheska, Liza M, Garibaldi, Gloria Trevi con su pelo suelto y muchos otros artistas. Las chicas se botaron; tardes de ensayos y la música y la ropa y todo. Un tiempo después, decidimos entonces hacer uno dirigido a los padres en su día. ¡Ahí botamos la casa por la venta! Recuerdo que nos vestimos de chaqueta y todo, y cantamos la Última Copa, cantamos Linda, de Daniel Santos y yo imité a José Feliciano con la canción Siempre (magnífica imitación, debo decir). Hasta un numerito de Garibaldi nos tiramos – vestidos con pañuelos en la cabeza y todo. Un momento que todos disfrutamos y estoy seguro que si alguno de mis amigos de Treasure Valley lee esto, tiene historias que contarles a sus hijos y familiares.

La pérdida también fue parte de nuestras vidas de niños en el barrio. Recuerdo con mucho cariño a Robertito y su hermana Viviana. Vivi era una chica alegre y llena de energía que juagaba con mi hermana y todos la conocíamos. Algunos no sabían su nombre, pero sabían que era la hermana de Robertito, quien siempre estaba jugando y haciendo maldades con nosotros. Esos hermanos vivían con sus abuelos, don Roberto y doña Petra, quienes tenían la tiendita donde comprábamos leche, huevos y esas cosas. Si mal no recuerdo, cuando yo tenía como 13 o 14 años, Vivi enfermó y un tiempo después falleció. Hablamos mucho de eso entre nosotros y del dolor que podrían estar pasando doña Petra y don Roberto y, más aún, su hermano, nuestro amigo Robertito. La vida nos enseñó en ese momento que no hay tal cosa como que los que se mueren son los viejos. Porque aunque había perdido familiares, nunca había pasado por eso de perder una amiga.

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De la producción Mundo, la canción Como Nosotros.

Fuimos poco a poco creciendo y con las cosas de la vida fuimos cambiando. Como dice Rubén Blades en su canción Como Nosotros: “Nuestra inocencia retrocede al comprender que, en la vida real, la injusticia puede golear a la verdad”. Algunos de los chicos y chicas se mudaron, otros se dejaron llevar por las drogas y estuvieron en diferentes hogares de rehabilitación y otros lograron mudarse antes de que el camino difícil los atrapara. Otros, nos quedamos allí un tiempo más, viendo los cambios, y tratando de que lo que se necesitaba que se quedara igual, así fuera.

527442_177796399010113_2042659060_nMi barrio fue mi continente por muchos años. Jugué tira y tápate, guillotina, al esconder, tenqui, 1-2-3 pescao, pillo y policía, y bailé y brinqué por todos lados. Lo que aprendí allí no se aprende en la escuela, y esos amigos que me vieron crecer y crecieron conmigo siempre serán parte de mi historia. No pasé mi niñez nada mal en mi barrio. Mi primera pelea, mi primer castigo, mi primer beso fue en aquella urbanización que amo y respeto. Aprendí a jugar baloncesto (malo, pero algo es algo) y recibí y aprendí a jugar Nintendo (en eso sí era bueno). Hay muchas historias que no caben aquí, pero pueden estar seguros que son espectaculares y se las contaré a mis hijos. Mis padres se aseguraron que viera los caminos y que aprendiera a tomar el correcto, ya fuera por mí o por experiencia ajena. Sé que tú también tienes historias y cuentos de tu barrio, de tu gente. La mía comenzó a desarrollarse en Treasure Valley; desde la cuesta de los gorditos, hasta el Club de pesca, y mi calle, la calle México, mi barrio, mi Treasure Valley, mis vecinos, mi gente… en fin, yo.

Introducción a mi libro

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Hace varias semanas desperté con la idea de escribir un libro – a fin de cuentas se trata de escribir y aunque no tengo la fama de Gabriel García Márquez, estoy seguro que él comenzó por escribir lo que le parecía bueno en el momento. ¡Así que a escribir se ha dicho!

La idea original con la que desperté no era esta. Pero sabemos que toda idea va evolucionando hasta convertirse en algo perfecto, o lo más cercano a ello. La primera pregunta que llegó a mi mente: ¿de qué carajo vas a escribir, Lugo? La contestación fue bastante sencilla: Escribiré de mí, de mi vida y mis años por ella. Surgió otra pregunta quizás más importante aún: ¿Y por qué la gente va a leer un libro sobre tu vida, sino eres una persona como que muy importante? La contestación a esta fue más fácil, aunque puede sonar un poco poética: ¿Por qué no querría alguien leer de mi vida? Puede ser interesante leer sobre mi vida. Y de hecho, creo firmemente que sí podría serlo.

Zorro¿Dónde empezar? Esa sí es un poco más complicada. Pensé empezar por el principio; empezar qué estaba pasando en la vida de mis padres antes de que llegara yo a este mundo. Así lo hizo Allende en su libro El Zorro; comenzó por dar una historia introductoria sobre cómo se conocieron los padres de Diego para que pudiéramos entender por qué el menor de los De La Vega luchaba por la justicia. Empezaré por el principio entonces ya que no seré como George Lucas – empezar por la mitad puede ser divertido, pero luego se complicaría.

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Foto obtenida de https://www.flickr.com/photos/rafy474/galleries/72157629854569082/

El señor Juan Antonio Lugo Pérez nació un mes de abril en el pueblo de Cidra hace casi 60 años. Se crio en uno de los campos de nuestra hermosa ciudad, barrio Sud, siendo el octavo en la lista de los 13 hijos que tuvieron sus padres. Mis abuelos eran bastante pobres, pero la pobreza no es igual a mal educados. Conozco de memoria muchísimas historias de la niñez de mi padre, muchas. Por ejemplo que a la hora de comer, si llegaba visita la carne le tocaba al visitante y, literalmente, se las sacaban del plato a sus hermanos y a él. Por eso, siendo la persona inteligente que es,  tan pronto le servían su plato de comida con carne, lo primero que se comía era la carne y así, si llegaba una visita, el aseguraba su carne en su pipa.

Pero no siempre había carne ni mucha comida para todos. Me cuenta que en ocasiones mi abuela hacía bacalao salado, muy salado. Así mientras comían, dado lo salado del bacalao, tomaban mucha agua y se llenaban más rápido. La poca comida daba para todos. ¡Y pobre del quien dijera que la comida estaba mala o que era poca! En esos casos mi abuelo le daba con la gorra, o con lo que tuviera en la mano, mientras le gritaba: “¡Carajo, condenao cabezón afrentao!”

Mi señora madre, Eileen Ivette Rivera Rolón, también nació en Cidra un 4 de agosto. Su niñez, aunque con menos carencia de comida, no dejó de ser complicada. Mami se crio con su abuela paterna. Su abuela, Pancha Soto, se convirtió entonces en “Mami Pancha” y sus tíos y tías son para ella sus hermanas – explicar todo este revolú a mi esposa fue un parto, pero más o menos lo entiende.

Sus hermanas, que en realidad son sus tías porque son las hermanas de su papá (complicado, verdad) le enseñaron mucho a mami. Pero al ser al menos 20 años mayor que ella, mami se quedó sola con mi abuela Pancha. Abuela era pentecostal y mami conoció de Dios a temprana edad. Iba a los cultos, cantaba los coritos y tocaba la pandereta con estilo y ritmo. Abuela también creía en el castigo fuerte; nada de eso de irse a la esquina por dos minutos a pensar lo que hiciste mal. Mami fue criada con unos valores y creencias positivas y rectas que la hacen ser la mujer que es y nos ayudó a nosotros, sus hijos, a ser quienes somos.

Mis padres se conocieron a temprana edad. Creo que el hecho de que mi abuelo paterno, Paco Lugo, y mi bisabuela materna, Pancha Soto, eran hermanos tuvo algo que ver. O sea, que si pensamos un poco, mis padres son como primos segundos o algo así (creo que por eso mis hermanos y yo salimos medios locos). Estudiaron en la misma escuela pública desde pequeños y tenían los mismos amigos. Pero mientras mami estudiaba, papi hacía maldades o brillaba zapatos por dos centavos (con eso se compraba su media libra de pan con guineo o le echaba azúcar).

Papi no era el más aplicado, pero me cuenta que abuela Pancha le daba ánimo y le decía que se esforzara. Mami, por su parte, no le quedaba de otra que estudiar porque si no lo hacía a la buena, lo hacía a la mala (eso siempre a la buena es mejor). ¿Cómo se enamoraron Juan y Eileen? Pues como se enamora la gente. Es la única explicación que tengo, porque a pesar de las miles de historias que conozco de ambos, no recuerdo que nos dijeran esa historia en particular.

wpid-IMG_21911577428628.jpegUna vez graduado de escuela superior, papi estudió electricidad y mami comenzó a estudiar para ser maestra, aunque enfermería le hubiese encantado. Mami no pudo terminar sus estudios, lo que al día de hoy le duele un poco. Un poco después, en 1978 le enviaron una carta a la cigüeña, o papi brego algo con el pájaro, y un hermoso y fresquito día de diciembre llegó a la familia el primer Lugo Rivera, mi hermano mayor y orgullo de quien escribe, Juan Antonio. En mayo de 1980 llegué yo y en diciembre de 1983, esta vez más cerca de navidad, la cigüeña trajo a una niña hermosa, con una sonrisa bella y un pelo rebelde: mi hermanita que amo (y escribiendo esto se me llenan los ojos de lágrimas) Jaleen Franceska.

Si se fijan, con mi hermano y con mi hermana, la cigüeña los trajo; yo, llegué. Ellos estaban planificados y yo, como siempre, jodiendo por ahí (creo que no debo escribir “jodiendo” si se supone que es para un libro. Creo que eliminaré el término). Me cuentan mis padres que los tomé por sorpresa en todos los sentidos. Aunque no hay tal cosa como estar preparados, al menos se puede planificar tener hijos. Los gastos son enormes y cuando la economía no ayuda, la cosa aprieta más. Pues el hambre y la miseria – en sentido figurado – se juntaron y llegué yo. No solo la cosa estaba mala, sino que el niño les salió con problemas para digerir la leche y comprar leche de fórmula, cuesta. El pediatra, Nanito como lo conocen en Cidra, les regaló una leche que me ayudó a estar mejor y la cosa mejoró un poco.

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El clan Lugo

A fin de cuentas, el clan Lugo – papi, mami, Junito, Franceska y yo – tenemos mil historias y hemos pasado muchísimas cosas. Pero hemos aprendido y crecido en cantidad. Hemos reído juntos y hemos llorado a solas, al igual que los has hecho tú, querido lector. Eso no nos hace especiales ni diferentes, nos hace quienes somos. Y en las próximas páginas les contaré un poquito de quién soy y a donde voy. No lo hago para que sigan mi camino, pero si pueden mejorar el suyo, basado en lo que escriba, entonces ganamos todos.

Introduction to My Book

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Versión en español presione aquí

A couple of weeks ago I woke up with the idea of writing a book – I just have to write, and even though I’m not famous as Gabriel García Márquez, I’m certain he started by writing what he felt was good at the moment. So, let the writing begin!

The first idea I woke up with was not this one. But we know every idea changes or evolves until it turns into something perfect, or as close to perfect as it can be. The first question that popped into my mind was: What the hell will you write about, Lugo? The answer was simple: I will write about me, my life and my years living. Then, another question even more important: Why would anyone read a book about your life if you are not a celebrity of any kind? The answer was even simpler and may sound a bit poetic: Why wouldn’t someone read about my life? It may be interesting reading about my life. And, as a matter of fact, I truly believe it may.

ZorroWhere do I begin? That’s a complicated one. I think I should start from the beginning; starting by explaining what was happening in my parents’ life before I arrived in it. That’s the way Isabel Allende did in her book Zorro; she began by introducing the story of how Diego’s parents met so we could understand why little De la Vega wanted to fight for justice. I will then start from the beginning since I’m not George Lucas – starting at the middle may be fun, but then more complicated to explain.

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Photo from https://www.flickr.com/photos/rafy474/galleries/72157629854569082/

Mister Juan Antonio Lugo Pérez was born one April in the town of Cidra almost 60 years ago. He was raised in one poor place in the town called Barrio Sud, and he was the 8th in a list of 13 children my grandparents had. His parents were very poor, but that does not mean they were not educated. I know a lot of stories from my father’s childhood, a lot! For instance, at supper time, if someone visited their house, the meat was for the visit and literally, it was taken from his plate and given to the visit. My father, being the genius he grew up to be, every day as soon as that meat touch his plate, that was the first thing he ate, just in case someone wanted to visit, the meat was safe in his belly.

They did not always have meat to eat or even a food for everyone. Papi tells me that sometimes my grandmother used to make bacalao (fish) really salty. That way, while eating bacalao they had to drink lots of water thus getting full faster with less food. A good way to make sure everyone had something to eat. And God forbid, one of them dared to say they did not like the food or that it was not enough. In those case my grandfather started hitting them with his cap, or whatever he could find, while telling them: “¡Carajo, condenao cabezón afrentao!” (hard to translate).

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Photo from https://www.flickr.com/photos/rafy474/galleries/72157629854569082/

My mother, Eileen Ivette Rivera Rolón, was born on August 4. Her childhood, even though she did not have food shortage, still was complicated. Mom was raised by her father’s mother. Her grandmother, Pancha Soto was since “Mami Pancha”, and her uncles and aunts are her brothers and sisters – you have no idea how hard this was to explain to my wife.

Her sisters, who are really her aunts since they are her father’s sisters (complicated right?) taught my mother a lot. But since they were at least 20 years older, mom was alone with abuela Pancha. Abuela was Pentecostal and mami learned about God at a young age. She went to Sunday school and Wednesday service, she sang the songs and played a mean tambourine with rhythm and style. Grandma also believed in strong punishment: none of that “go to the corner and thing about what you did” thing! Mom was raised with positive and strong believes that made her be the great woman she is and that helped us, her children, be who we are.

My parents met at a young age. I’m sure that the fact that my grandfather from my father’s side and my abuela Pancha were brothers had something to do with it. So, when I think about it, my parents were cousins, which explains a lot in terms of crazy (the good kind of crazy). They studied in the same public school and they had the same friends. But while mom studied, dad was goofing around or working as a shoe shiner for two cents (he bought his bread and banana with one cent and the other to his father).

Dad was not applied at school but he recently told me that abuela Pancha feed him with lots of energy and support. Mom did not have a choice other than to study, and she was more than fine with it. How did Juan and Eileen fall in love? The way people fall in love. That is the only explanation I have because I know a lot of stories about those two lovebirds, but I don’t remember hearing how they fell in love.

wpid-IMG_21911577428628.jpegOnce he graduated from high school, dad studied electricity and mom started studying education in college, even though she would have love to be a nurse. Mom did not finish her studies, and she regrets that a bit. Some years later, in 1978 my parents sent a letter to a stork and a beautiful and cold day in December, the first Lugo Rivera flew in: my brother and mentor for who yours truly, Juan Antonio. On May 1980 I arrived and on December 1983, this time closer to Christmas, another stork flew in with a beautiful baby girl, with an amazing smile and rebel hair: my sister who I love, and get chocked up with just by mentioning her, Jaleen Franceska.

If you noticed, my brother and my sister flew in, and I just arrived. They were planned, and I, as usual bothering and horsing around without an invitation. My parents told me that my arriving was a surprise (if you play with fire, you may get burned) in every sense. Even though there is no such thing as being prepared, at least you can plan and expect when to have children; it costs a lot and when the economy is not on your side the problem is bigger. So, hunger and misery joined forces – figuratively speaking – and here I am. Not only the time was bad, but the baby had problems digesting the milk and buying formula brand milk costs a lot. My pediatrician, Nanito (he is still a hero in Cidra) gave my parents a couple of boxes of canned milk and things got better. But I can now understand how hard that must have been.

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The Lugo Clan

Anyway, the Lugo clan – mom, dad, Junito, Franceska and myself – have thousands of stories and we have been through many situations. But we have learned and grown a lot. We have laughed together and cried alone, as have you, my dear reader. That does not make us special nor different; it makes us who we are. I don’t write so you can follow my path, but if you can improve yours based on what I write, then we all win.